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EL TIEMPO INEXISTENTE

Mis pies parecen anclados al suelo de la Plaza del Tiempo, haciendo que mi cuello se doble de manera antinatural para poder ver los dos grandes carteles que presiden el edificio del Gobierno.
Rodeada de personas estupefactas, de otras que gimen en silencio, de aquellas que ya no están porque han huido despavoridas, miro sin inmutarme las letras rojas que confirman los rumores de los últimos días. La actualización del tiempo es un hecho.
Después de vivir con existencia ilimitada, al gobierno no le ha quedado más remedio que admitir que ese exceso era una falacia. Invirtió nuestros minutos y nuestras horas en beneficio propio, arriesgó nuestros ciclos vendiéndolos al mejor postor, nos robó nuestras etapas regalándonos intereses en segundos que nunca fueron reales.
Llegó el momento de cobrar la deuda. Los países de la Unidad Central reclaman sin piedad todos los préstamos, y el pago lo deben hacer los ciudadanos.

Hace más de un siglo que el tiempo sustituyó al dinero. Todas las transacciones pasaron a hacerse a través de los relojes implantados en nuestras muñecas. Comida, ropa, médicos…todo se pagaba con los minutos de nuestro ciclo vital. La bonanza de la época nos convirtió en millonarios de tiempo ilimitado, sólo una minoría quedó rezagada, atrapados en unos pocos años que atesoraban para luego cederlos a sus hijos con la esperanza de una vida más larga para ellos.
Son los únicos que ahora no tienen miedo. Habían vivido el presente sin pensar nunca en el mañana. No tenían proyectos pendientes, ni culpas sobre lo que nunca hicieron. No dejaban palabras sin decir, ni decisiones pospuestas, porque su reloj solo marcaba el hoy.
Miré el mío bajando por primera vez la cabeza, dejando que un dolor agudo traspasará mis cervicales situándome de nuevo en la realidad. Los números daban vueltas vertiginosamente en una cuenta atrás sin remedio.
Comencé a caminar a la vez que sacaba de mi bolso la lista con los propósitos escritos desde los ocho años. Muy pocos estaban tachados, nunca tuve prisa por llevarlos a cabo.
¿Por qué hacerlo si tenía el tiempo suficiente para esperar el momento adecuado?
Al volver a leerlos me di cuenta que hacía mucho que algunos no se podrían realizar. Las personas a las que estaban vinculadas ya no estaban, y las que si permanecían ya no tenían tiempo para perderlo conmigo.
Comencé a marcar números en mi teléfono y la angustia me invadió al escuchar repetidamente la misma locución: “El tiempo de este ciudadano ya ha expirado. ¿Desea marcar otro número?”

¿Cómo establecer prioridades para unas pocas horas de vida? Podría morir sola escuchando la última sinfonía de Bruna Chi, o quizás terminar de leer ese libro que siempre dejaba a medias. Podría ceder ante la invitación de mis “amigos” y hacer de la muerte una fiesta, o establecer una videoconferencia con mi familia a la que nunca llamaba porque siempre tenía cosas mejor que hacer.
A fin de cuentas, el tiempo que siempre me sobró se traducía ahora en una soledad que invadía los minutos que me quedaban.

Me senté en el banco del parque sin querer dirigir la mirada hacia el ruido sordo de los cuerpos al desplomarse. Los beneficiarios de las tarjetas de crédito eran los primeros en caer. Cuanto más tiempo tienes, más tiempo quieres…aunque sólo sea para malgastarlo.



Pensé en Deckard y en las oportunidades que rechacé, en mi indecisión y mis negativas constantes por su exceso de vitalidad. Yo no destapaba la botella de la vida esperando esa ocasión especial que nunca llegaba, él bebía a sorbos saboreando cada uno de los momentos sin temor a que la botella se vaciase.
Eché de menos las caricias que me ofreció y que nunca acepté, las conversaciones que quedaron en el limbo del más adelante, las sonrisas que tenía guardadas para él y que ahora languidecían en mi recuerdo, el calor de su cuerpo en mis noches perdidas en vela.
No le vi llegar, ni tampoco me giré cuando su mano tomó la mía, avergonzada infinitamente por no haberle dado mi tiempo, ese tiempo real que sólo a mi  me pertenecía y que no debía a nadie.
Miró mi reloj que emitía destellos rojizos en señal de peligro, los números del suyo giraban con la lentitud habitual de los tiempos felices.

—Tengo diez años, puedo cederte cinco y vivirlos juntos.

A mi mente sólo venía una frase leída de un viejo libro  de mi padre; “Me  pregunto si Mozart habría tenido la intuición de que el futuro no existía, de que ya había utilizado todo su breve tiempo."
Estaba claro que yo si había consumido el mío, no me parecía buena idea vivir de prestado.

—Me queda tiempo para un beso—le dije.

Acercó su boca a la mía, su aliento templando mis labios a la espera de recibirlos, su mano sosteniendo mi nuca, mi lengua sondeando en un intento de darle todos los besos retenidos, deteniendo un tiempo que ya no existía.
Noté como mi corazón daba un último latido, allí, enredada en sus brazos, y sonreí orgullosa por haber encontrado en ese lapso mí tiempo perdido.


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4 comentarios:

gershon dijo...

Eché de menos las caricias que me ofreció y que nunca acepté, las conversaciones que quedaron en el limbo del más adelante, las sonrisas que tenía guardadas para él y que ahora languidecían en mi recuerdo, el calor de su cuerpo en mis noches perdidas en vela... me mataste con esta parte elo !! T.t

Elo-Marceline dijo...

Que bueno que estés de nuevo por aquí y que te acuerdes de esas cosas. Un besote enorme Gershon

Cuqui. dijo...

Mucho.
Se te ha echado mucho de menos.
Pero ya estás de nuevo aquí.
Un enorme abrazo y me alegra que hayas de nuevo encontrado tu tiempo perdido <3

Elo-Marceline dijo...

Cuqui!!! Como mola volver a leer comentarios y responderlos.Un beso enorme