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NO ESTOY EN CRISIS



Vivimos estereotipados y anclados a frases hechas. Hay una que me hace mucha gracia y es aquella que habla de la crisis de los cuarenta.
Os voy a confesar algo, he  llegado a tan temida edad y no estoy crisis. De hecho creo que estoy en un punto álgido de mi vida.
No tengo nostalgia de mi adolescencia, parte de la vida que considero como una enfermedad necesaria de pasar, ni tampoco de mis veinte años, donde la realidad transitaba de puntillas por mi vida. Los treinta me golpearon con más fuerza, porque pude al fin disponer de toda mi experiencia para llevar a cabo las expectativas que había ido acumulando a lo largo de mis años, con total aceptación de las consecuencias que me iban a acarrear.
Llegados a los cuarenta, he sido capaz por fin de asumir los errores que espero no volver cometer, y los errores nuevos que estoy ansiosa por descubrir.
Esa cifra tan odiada por algunos y hasta innombrable para otros, se ha instalado con una fuerza arrolladora dejando paso a unas ganas renovadas, que nada tienen que ver con unas ganas inexpertas.
Se lo que es comerme el mundo de un solo bocado,sacudiéndome las migas del mañana que no importa,esas migas que ahora recojo cautelosa , a sabiendas que si comes más despacio la digestión de la vida es más ligera.
He aprendido del primer beso, el del desconocimiento,del desamor de la primera vez, de las promesas ante un altar convertidas en abismos de rutina, del sexo sin ganas que da paso a la pasión de conocerte de nuevo en brazos distintos, de la ignorancia de la culpa travestida en golpes de pecho ocultando la libertad.
Ni la crisis mundial, ni los cambios de ciudad, ni el reciclaje laboral, ni la pérdida de estatus económico han podido conmigo.
Soy la superviviente de los años jóvenes que transita en una joven madurez, donde puedo por fin ver el reflejo nítido de mi persona.
Mi cuerpo que ha recibido los golpes de los años,ha dejado de tener miedo.Y yo con él.
Camino sosegada entre la impaciencia de lo inmediato que antes tanto me preocupaba.Me he convertido en maestra de vida  y espectadora anhelante de lo que está por venir , a través de la mirada de un niño.
Soy lo que quiero, lo que me han dejado ser y en lo que me quiero convertir.

Soy sin lugar a dudas, una mujer de cuarenta que goza del privilegio de la libertad, del derecho de aprender, de las ganas de enseñar y de la vitalidad de vivir.


No estoy en crisis, he llegado al campo base de una cima más que he conquistado, preparada para seguir escalando sin descanso.
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DESCONEXIÓN PERMANENTE

No sé si los años dan sabiduría o tienden a hacernos “desaprender”.
Cuando todas tus experiencias, esas que te dejan marcado, se convierten en recuerdos que solo añoras porque cualquier tiempo pasado fue mejor, tiendes a bucear en lo nuevo, en aquello que antes te parecía inimaginable.
No creáis por mis palabras que ya lo tengo todo vivido o que mi edad supera mucho más a la vuestra, auque si he de confesar que dejé hace algunos años la treintena.

En todos esos pasos que he dado, topé de bruces con las redes sociales. Hasta ese momento nunca me habían interesado. Inmersa en una rutina desbocada, sin tiempo ni para mirarme en un espejo, mi necesidad de expresarme pasó a un segundo plano.
Pero como la vida es así de perra, que te descoloca y zarandea, casi de la noche a la mañana me encontré con un exceso de tiempo, un ordenador y una red de ADSL.
Así entré en el mundo de experiencias compartidas, con conocidos y extraños.
Primero fueron comentarios en un blog, luego mi propio blog, Messenger (que época aquella), facebook y por último twitter.

Twitter fue un descubrimiento tardío y tímido. Me atrajo su inmediatez, la pérdida de tus ciento cuarenta caracteres en un Time Line que los absorbe con tal rapidez, que pasan a ser un destello, la oportunidad de expresar un gran pensamiento en un par de frases que obligan a reflexionar y a reir.

¿Quiénes estamos en twitter? ¿Qué hacemos en ese mundo paralelo? Y no hablo de los “tuitstar”, ni de aquellos que promocionan algo, hablo de los pocosfollowers sin pretensiones.
Uno de los últimos tuits que leí decía “Tuiteamos los que no tenemos a quien escribir”
Gran verdad en pocas palabras, y si nuestra mayor parte del tiempo la pasamos metidos en ese mundo, es tiempo que no dedicamos al real.
Hacemos saber el olor de la gente que está en el metro, nuestro desayuno, comida y cena,si nuestra visita al baño fue fructífera, nuestra rabia y nuestra alegría.
Seguramente cada tuitero tenga sus propias razones, las mías, sin duda, no son más que poder contar las muchas cosas que me callo. Y esa mujer a la que alguien lee, es la misma que vive en el planeta Tierra, solo que la mayoría de las veces nadie la escucha, y si lo hacen, no puede permitirse el lujo de sacar fuera todo lo que lleva dentro, porque los tsunamis destruyen y arrasan, y mi tsunami interior está enfurecido por muchas causas.

Y así acabas lanzando mensajes a quien no te lee, un desahogo breve, rápido e instintivo, que provoca una sensación de paz seguida a veces de una dolorosa soledad.
Durante todo ese proceso, comienzas a interactuar, a ver personas detrás de los avatares, a veces con vidas muy similares a la tuya, y en otras ocasiones totalmente dispares.
Hoy un FAV, mañana un RT, pasado un DM….y esa cuenta tiene un nombre, y resurge en tu interior la idea de una amistad porque sabe de lo que le hablas, porque está disponible cuando tu también lo estas, porque hay “algo” que compartes.
Sí, lo sé, también lo puedo encontrar en mi día a día, pero mis momentos para hacerlo ya han sobrepasado la noche, o estoy metida en un autobús camino de casa, trabajando, o enfrascada en la rutina que toca,  y mi cabeza solo para cuando todo esta hecho, cuando solo hay una luz encendida en casa, cuando tengo esa media hora de silencio.

Twitter te proporciona una conexión permanente, que te produce una desconexión perpetua. Una irrealidad de cosas que empiezan a importarte y que realmente no importan. Te encuentras con quien da la cara, con quien como tú se escoden tras otra imagen, con quienes hacen suya una personalidad que no les corresponde, y al final es el juego del quien es quien de ínfulas paranoicas.
Deberíamos tomarnos ese saco sin fondo de palabras perdidas como lo que es. El lugar para vomitar lo que nos hace daño, el de las risas que aflojan nudos en la garganta, el de las reflexiones feroces, el  de los deseos contenidos y también el de los desatados, pero con la importancia de la desaparición inmediata. Del estoy hoy pero ya me cansé para mañana, del de te escupo, porque aquí no eres persona, y te halago porque te idealizo, del hoy te busco pero si desapareces me olvido.

Expresémonos, sacudámonos, gritemos y lloremos, riamos a carcajada limpia….y descansemos cuando es mundo de los ciento cuarenta caracteres sea más importante que en el que vivimos.
Solo importa si tú le das importancia.


@casi_gato
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FUERA DE MÍ, DENTRO DE TI

QUIQUE

A las siete y media de la mañana, no suelo encontrarme con mucho tráfico en la carretera comarcal que me lleva a mi trabajo.
El coche da pequeños botes al pisar los baches, siguiendo el ritmo de la música que suena en la radio. El paisaje es árido y anodino hasta llegar a la entrada de la Clínica Babel.
Parado ante el portón de seguridad, mientras espero a que el guardia de seguridad confirme mi acreditación, no puedo dejar de mirar el cartel con cierta ironía.
El doctor Velasco, tenía sin duda un extraño sentido del humor al nombrar así a un sanatorio mental. O quizás fue un acierto, el que no entendamos a todos los que allí habitan, puede que se deba a que hablan distintos idiomas que no conocemos.

Cerca de dos kilómetros separan la puerta de entrada del edificio principal. Nada que ver ese paisaje que ahora recorro, con lo que veo a diario desde las ventanillas de mi coche. Arboledas de hace más de cincuenta años, que se van espaciando a medida que avanzo, conviven con un jardín cuidado con demasiado esmero. Tanto que parece irreal.
El camino se desvía hacia la izquierda hasta llegar a la parte trasera, donde el parking me espera sin bienvenidas.

Dos años llevo aquí de celador, los mismos que  Martina, la paciente a la que voy a buscar.
La variedad de “clientes” de este lugar no es mucha. La clínica fue en sus inicios una casa de reposo para curar ansiedades y demás afecciones nerviosas de la clase alta.
Hoy podríamos decir que se encarga de lo mismo. El dinero sirve para buscar la felicidad en multitud de formas, pero la felicidad, esa puta con principios que no se sabe a que clase pertenece, no suele venderse a no ser que ella quiera .Es selectiva y caprichosa. Por mucho que la agasajes, la busques creyendo encontrarla en banalidades, solo hace acto de presencia cuando lo considera oportuno. De ahí que sea tan fugaz y poco constante.
Muchos de los rostros que veo en mis turnos, los he ojeado antes en revistas y en periódicos. Otros no dejan ver sus caras, pero sus apellidos los delatan. Pero una cosa esta clara, todos están aquí porque se perdieron en el ambicioso viaje en busca de la felicidad.

Martina, es un caso curioso. Pertenece a una familia de clase media, padre cajero de un banco y madre contable en una asesoría. No tiene hermanos, ni amigos, al menos ninguno que la venga a visitar.
Su padre vendió una tierra durante la bonanza  de la construcción, pero mientras ingresaba el dinero en su banco, no llegó a imaginar que sería usado para pagar el tratamiento de su hija.
No hubo un periplo de clínicas hasta acabar aquí. Fue la primera que eligieron por recomendación de su jefe, —la mejor — le dijo, sin acabar de revelarle el secreto de su conocimiento, que no era otro que el ingreso de su mujer tras una crisis de ansiedad, al conocer la relación extramatrimonial de su marido con la joven camarera de la cafetería de al lado. La buena señora se ha aficionado a las estancias periódicas en este lugar. Para ella, la felicidad mora aquí.

Martina tiene veinte años, una melena lacia y negra que sobrepasa los hombros, y que le recogen a diario en una coleta baja con una goma del mismo color.
Ha adelgazado desde que entró. En su primer día traía consigo unas curvas impecables. Cintura no demasiado pequeña, caderas que encajaban a la perfección en sus vaqueros de tiro bajo, y pechos pequeños, escondidos tras un sujetador con relleno que se intuía bajo la camiseta desgastada de mercadillo.
Lo que más llama la atención en su rostro menudo de nariz pequeña, son sus ojos. Los enmarcan unas pestañas tupidas y largas  que los hacen aún más atrayentes. Oscuros y muy abiertos solo miran hacia un lugar que no debe encontrase aquí.

A escondidas leo los historiales, no para revelárselos a nadie, tan solo por la curiosidad de saber que sucesos trastornan la vida de las personas, hasta llegar al retiro de la cotidianidad a la que más tarde regresan.
De ella se revelaba la progresión de una apatía. Dejó el equipo de balonmano, más tarde dejó de salir con sus amigos, sus frases se convirtieron en monosílabos, y un día entró en su habitación y no regresó. Y digo que no regresó, porque estoy plenamente convencido que emigró hacia otro espacio.
Aquel día no dio las buenas noches. Se oyó la puerta al cerrarse y ni un ruido más. Era viernes. Sus padres fueron al trabajo, y no volvieron hasta las tres de la madrugada tras una cena. No se les ocurrió mirar en su cuarto hasta la hora de comer del día siguiente.
Martina permanecía sentada en una silla frente a la ventana. Inmóvil, sin parpadear. El único acto mecánico al que respondía era al de la respiración. No volvió a hablar, ni a comer salvo que le pusieran la comida en la boca. La duchaban, la vestían, e incluso con regularidad la sentaban en el baño.
Se convirtió en un cuerpo dirigido y ausente, atrapada o puede que liberada de este mundo. Y así llegó aquí, como una bella marioneta accionada por los hilos de la rutina.

Me gusta el turno de la mañana porque me da más tempo para estar con ella. No hay interrupciones, ni voces en los pasillos. Una auxiliar le daba el desayuno en la habitación antes de ir  a la consulta, de forma apresurada y sin delicadeza. Yo me ofrecí a hacerlo por ella y no puso ninguna objeción. Da igual lo que le lleves, zumo, café con leche, galletas o tostadas. Se limita abrir la boca y a masticar.
Me siento frente a ella e intento que sus ojos se centren en los míos, mientras le cuento historias. Historias de la clínica, de mi familia, de mi vida… mi propia terapia de desahogo sin respuesta, pero nunca sus ojos me miran.
Aquel día quedó una miga en la comisura de su boca, y mi dedo la recogió sin intención. Estaba tibia, suave en la quietud de ese rictus perenne. Mi palma descansó sobre su rostro y de forma natural el peso de su cara reposó ladeado sobre mi mano.
Me dejó entrar. Entornó esa puerta cerrada a través de su mirada, y sentí como era transportado hacia su nuevo hogar.
Un túnel laberíntico y en  penumbra me recibió, fascinante, tentador, sugestivo.
Pude darme la vuelta, noté la opción de esa última decisión, pero no eché la vista atrás.
Caminé, pausadamente, observando, recordando, cada vez más alejado de mí. Cada vez más feliz.
  

MARTINA


Desde este lugar no tengo una noción del tiempo real. No se si han transcurrido unas horas, unos minutos o unos días. Carece de importancia. Por ese motivo no se cuando llegué, aunque si la razón de estar aquí.
Mi cabeza ha sido siempre mi refugio. Es casa ante cualquier vicisitud. Para las alegrías contenidas, para las humillaciones sin alegaciones, para esconderse de las conversaciones, para los planes ocultos, para las canciones con significado. Es una mansión al gusto, con días en los que funciona la luz y otros en que las tormentas la apagan. Todos disponemos de esa guarida a la que echamos mano de manera inconsciente.

Las visitas a mi interior se podrían consideran de una frecuencia rozando la media. O así lo creía. A la vista de los demás debían ser más habituales, teniendo en cuenta las acusaciones de tímida e introvertida que tiraban a mi paso.
Yo no elegí ser así, no pedí desde el útero materno la imposibilidad de socializar, ni tampoco la virtud de esconderme en mis pensamientos.
Escucho, observo, analizo, pero mis palabras no son capaces de dirigirse a mi boca para expresar todo lo que quiero contar. Ese preciso instante  donde sin miramientos todo debía revelarse se volvía contra mí.
Dos pares de ojos por cuatro personas, suman ocho miradas inquisitorias. Te examinan, te descomponen, te individualizan, ves su respuesta corporal defensiva ante una contestación no pronunciada. Mil milisegundos bastan para que aquello que no sabes que van a decir comience a importarte. Es un reflejo imparable que te paraliza. La ansiedad te hace prisionera, la angustia se adueña de tu persona, la sangre se dirige sin control hacia la cara, y cuando haces acopio de un valor que no tienes, las palabras salen dándose codazos unas a otras en un tartamudeo grotesco.
Del momento posterior solo te quedas con las caras de asombro, las risas sin disimulos…y no ves más porque tu barbilla ya toca el pecho mientras te diriges a cualquier lugar sin vida humana.
La sucesión de estos momentos te lleva con asiduidad desmedida hasta el fondo de ti, donde respondes, debates, opinas, con una seguridad de la que careces.

Tuve una amiga, aunque en realidad eran dos, como unas siamesas sin operación. Iban siempre juntas, Alicia venía conmigo y por extensión Ana también, aunque me ignoraba de tal forma que llegué a creer, que el personaje de H.G. Wells se había reencarnado en mi. La mujer invisible que podía llevar ropa.
Alicia hablaba sin parar, me convertí en su cruzada personal para curarme de mi “extraña actitud” como ella lo llamaba. Realmente solo era la oreja que la escuchaba. El arte de la conversación en los adolescentes, adolece del trasfondo en lo que se quiere contar. A veces, si estábamos solas, reunía toda la información que me transmitía sin control, y la aconsejaba con una sabiduría impropia de mi edad. Eso la ataba a mí.

Mi vida no compartida, transcurría entre Alicia, el equipo de balonmano y las clases en el instituto. Tener unos padres poco comunicativos, no ayudaba mucho para poder salir de mi encierro.
Alicia encontró el amor  seis meses después de mi diecisiete cumpleaños. Un enamoramiento primario que cortó el cordón umbilical con las costumbres adquiridas. Yo era una costumbre que hablaba con la cadencia de las gotas de un suero, que no liberaba las endorfinas que trazaban su sonrisa desmedida, ni proporcionaba las caricias escondidas en un baño a la hora de los recreos.
No fue una ruptura radical, fue un encadenamiento de horas no compartidas que culminaron en un adiós no confirmado.
Y me sentí sola, como no lo había estado nunca. Su ausencia en mi día a día se vio aumentada cuando decidió dejar el equipo. No aguanté más de una semana después de su partida. Desde ese momento todo lo que debería haber ocurrido en mi vida real, se mudó hacia mi cabeza.
Si veía una película en casa, en mi Martina paralela lo hacía desde el cine comiendo palomitas. Allí di también el discurso de graduación, y besé apasionadamente a Fran, el chico más increíblemente guapo del instituto Encinar.
Ya no me hacía falta hablar, no me interesaba todo lo externo a mi persona. Mi mundo era mucho mejor, seguro, apacible, fiable y sobre todo inexpugnable.
¿Por qué sufrir sin sentido cuando tenía un lugar donde ser feliz?

El traslado se hizo definitivo un veintiséis de junio, no fue premeditado, solo ocurrió, y en el momento que crucé el umbral de la irrealidad juré no volver.
No he tenido comunicación con el mundo exterior desde entonces, tan solo el rumor insistente de una voz. Es como un canto de sirenas que me distrae, y a veces hace que sus palabras se adentren sin ser invitadas.
No cesa, es implacable y constante, pero aquel día lo fue más. Lo sentí, sentí su piel contra la mía, escuché su desilusión ante la soledad de su casa vacía, me cantó una canción desentonada
“Is this the real life?
Is this just fantasy?.
Caugth in a landside.
No escape from reality.
Open your eyes.”

Y me rendí, por primera vez quise salir, y a punto estaba de hacerlo, cuando le vi entrar.
Su sonrisa iluminaba el laberinto oscuro de la entrada, sus ojos curiosos se bebían sin pudor las imágenes que yo había construido, y despacio, muy despacio, fue llegando a mí.


LA DECISIÓN

Pasar el laberinto no me pareció complicado. A cada paso que daba las paredes se iban derrumbando dejando alternativas abiertas para poder llegar a la salida.
Nunca imaginé un laberinto así, con paredes esculpidas, dibujos de colores vivos que colgaban de sus paredes, de ladrillos que desprendían melodías, y palabras, torrentes de palabras que te atravesaban, algunas aguijoneando, otras acariciando y alguna que otra enfurecida.

Supe que era la salida, porque irónicamente, en la puerta colgaba un cartel que indicaba que era la entrada. Giré el pomo y la encontré, no se si perpleja o asustada, pero esperándome.

Me giré temiendo que todas las puertas que había cruzado se cerraran de golpe, pero todo permanecía igual. Su mano estaba extendida esperando la mía, una invitación  sincera que no pude rechazar. Sentados sobre un banco rojo comenzamos a hablar, escupiendo todo lo que nos atormentaba, vomitando aquello que nos hacía daño, acompañándonos cada uno en nuestros tormentos que a cualquier otro le parecerían banales, y supe que ese no era mi lugar.
 Necesitaba del sol que calienta de verdad, y del frío que helaba mis manos. Necesitaba el caos de la ciudad, los días inoportunos y negros que me traían después alguno que otro disfrazado de optimismo. Quería seguir oyendo el rumor de la gente, las lamentaciones que no servían, las oportunidades que se inventan.
Vivir le llaman, enfrentarse a batallas sin guerras con la cara descubierta.

Argumenté con la vehemencia del que se cree poseedor de la verdad, de las mil y una razones para dejar de esconderse. Le hablé de motivos que desconocía, de manos que estaban dispuestas a tirar de ella, de mi esperándola fuera, de la maestría de luchar, porque es en la lucha donde se manifiestan las virtudes y se acobardan los defectos, porque no hace falta construir irrealidades para conseguir tu porción de felicidad.
Esos ojos oscuros, de los que yo sólo conocía su estatismo, me miraron con el apetito del que quiere creer, y con el cansancio del que supone que lo sabe todo, dudando entre elegir el conformismo de la comodidad, o la aventura de un viaje que se puede convertir en desagradable.

— Ven conmigo—le dije mientras me retiraba hacia la salida, y en ese momento, me desveló su decisión.


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¿POR QUÉ QUEREMOS PRÍNCIPES AZULES Y SIEMPRE BUSCAMOS LOS DE COLOR VERDE?

La autoflagelación amorosa después de una ruptura siempre viene de la mano de latigazos de lástima, rencores hacia quien no se los merece, odios infundados y seguidamente una buena dosis de autocompasión acompañada de cebo extra para nuestros defectos.

Salvo en una ocasión, que puede que algún día os la cuente, siempre he sido yo la que he puesto el punto y el final.
Nunca he odiado a nadie, al menos no el tiempo suficiente para que se pueda considerar rencor, y siempre he acabado echándome la culpa a pesar de ser la que toma la decisión.
Lo confieso, lo he vuelto a hacer, y esta vez estaba enganchada hasta tal punto, que el miedo a sentir hacía que ese espacio racional que tengo en mi cerebro se colapsara temiendo que llegara a estallar. Puedo decir, aunque sea con una voz casi inaudible, que le quería, porque todas las virtudes que tiene no pudieron  con las imperfecciones que yo cree para él. Fallos y taras que se me olvidaban en el momento que me miraba o ponía un dedo sobre mi piel, porque la putada de todo esto es que había química.
Química  de esa que te hace gemir y no cansarte nunca, química de estar húmeda solo al oírle subir las escaleras, química que no nos dejaba hablar hasta que no terminábamos de jadear.

Nunca me prometió nada, no me mintió sobre lo que esperaba de esta “cosa” que teníamos, y en todas las ocasiones yo acepté sumisa sus condiciones, pero creo que no era yo quien afirmaba, porque los reproches comenzaban a salir solos una vez que mi cabeza tomaba el control.
Somos lo que hemos vivido, y aunque nos engañamos diciendo que hemos pasado página, que aquello que de verdad dolió y no inventamos ha desaparecido, que los olvidos son permanentes, nos mentimos en una espiral cual día de la marmota.
Queda ahí, en un espacio pequeño y aparentemente invisible que salta como un resorte mal engrasado cuando menos te lo esperas.

En el fondo uno lo sabe. Sabe con toda certeza que aunque lo desee no va a volver a pasar por esas situaciones que nos minaron e hicieron que agacháramos la cabeza
Entonces, ¿por qué? ¿Por qué elegimos siempre al príncipe de cualquier color y no al azul que deseamos?
Analizándolo fríamente, quizás no sea él quien hizo las cosas mal. Pedimos, pedimos y volvemos a pedir y te niegan todas y cada una de las demandas que haces en un ataque frontal y sincero. ¿Qué razón hay entonces, aún sabiendo que no es lo que quieres, para claudicar y continuar?
Hace tiempo leí un artículo de un psicólogo argentino, que no cito por desconocimiento, en el que nos llamaba “prostitutas emocionales” a las mujeres como yo.
Decía algo así como esto: “JÓDANSE! ¡JÓDANSE EMOCIONALMENTE!
“Lo que vos tuviste no es amor, pero vos hiciste lo mismo que tu pareja, exactamente lo mismo. Pero eso no es amor, eso de darle todo para exigirle no es amor, es un negocio: yo te doy tanto, me tienes que devolver tanto…eso no es amor; eso es una transacción comercial, eso es un toma y daca de precios con sentimientos”

Quiero aferrarme a estas palabras para autoconvencerme que ese mensaje que le escribí era lo correcto. No estoy tan segura ya.
Si acabas algo, como en anteriores ocasiones, y tu vida mejora es lo acertado.
Echas de menos la rutina, instantes puntuales, pero no le echas de menos a él.
¿Qué pasa cuando por primera vez en tu vida lo que echas de menos es a la persona? Trece años de matrimonio no consiguieron que  una vez terminado todo, pensara en volver con él. Trece años de matrimonio consiguieron que yo sola me hiciera daño, por buscar quimeras que no existían, por encontrarme con rencores que se quedan anclados y que ahora veo en todas partes. Consiguieron hacerme prisionera de intolerancias y negativas que vomito sin cesar, incluso antes de que se planteen. Y yo y sólo yo soy la culpable. No cedas, no cedas…es el mantra que se repite sin cesar ayudado por miedos carentes de sentido.

Ayer, hoy y seguramente mañana, le echo de menos a ÉL, así, en mayúsculas.
Ha tenido paciencia, es la segunda vez que le digo que todo se acaba, y tal vez no lo sepa, pero en mi mente retorcida esperaba una respuesta y no el respeto a mis decisiones. Por eso lo hice. Esperaba que se acercara a mi casa y me dijera que estaba en un error, esperaba que al abrir la puerta solo me besara y ya después conversaríamos, esperaba, que aún habiéndole hecho daño ,me enumerara todos y cada uno de los motivos por los  que un príncipe verde supera con creces a un azul desteñido de imaginarlo.

La realidad no lleva un color predeterminado, solo colores con matices que a veces se tornan grises y otras veces de un amarillo resplandeciente.
Solo intentaba en un ataque desesperado, egoísta y cabreado romper el muro de sus decepciones, llamar su atención para decirle que estaba aquí, que yo podría ser la que rompiera sus silencios, que soy la que quiere tener calma para esperarle. Y solo daño para acercarme. Impaciencia de sentimientos descontrolados que no saben de sosiego.

Me gustan los príncipes verdes, los que cambian de color con su humor, los difíciles que hacen que lo sencillo resulte aburrido, los que me desatan la pasión sin dominio.
Los pluscuamperfectos no son buenos en momentos como el mío, pero ojala se hubiera dado cuenta que estoy perdida, que no se hacer las cosas de otra manera porque nunca me dieron la oportunidad de aprender. Ojala venga y me sacuda los miedos, y hable conmigo hasta secar las palabras, y me deje entrar. Yo solo quiero colarme en su espacio, nunca elegí bien la manera de hacerlo. Tan sólo intentarlo. Ojala una llamada, aunque sea para decir que es él que no me soporta. Ojala un mensaje poniendo en evidencia mis faltas. Ojala que rompa el silencio que le rodea y que me impulsa a cometer actos imprudentes y sin sentido para conseguir que me eche de menos.


Ojala….
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NIMIEDADES

No conozco a nadie que alguna vez en su vida, no se haya parado a pensar como sería esta si hubiera tomado decisiones distintas.
En determinados momentos fantaseamos con una vida teñida de condicionales, de futuros hipotéticos que nunca ocurrieron, pero que aún así echamos de menos.
Porque se puede echar de menos aquello que nunca tuvimos, y a veces duele más que lo que hemos perdido.

Y en este trance reflexivo me encontraba, justo antes de abandonarme entre la calidez de las mantas, estrechada por los brazos del cansancio que ahuyentan la vigilia, cuando mis ojos dejaron de distinguir los colores en aquel espacio inmensamente vacío, carente de atmósfera. Todos los colores del arco iris en una suma perfecta invisible a mis ojos, longitudes de onda absorbentes que no tenían donde reflejarse en ese cosmos aséptico e irreal.

Giré sobre mi misma bailando sobre la nada, hasta que fui capaz de distinguir a lo lejos un diminuto punto de luz rojo. Atraída por el color, dejé que mi cuerpo avanzara a un ritmo desconocido al encuentro de ese espectro visible.
Simplemente un botón. Un botón redondo de tamaño indefinido suspendido inocentemente entre aquella marea de vacío.
Supe al instante lo que significaba, aún no habiendo nadie que me diera una explicación coherente. Una oportunidad de ser otra dentro de mi misma, de omitir errores y cometer otros nuevos, de olvidar lugares para conocer otros, de recordar personas que aún no había conocido…
Era tan fácil…acercar mi dedo y pulsar casi sin ejercer presión, y mi mundo inmerso en una constante teoría del caos evolucionaría con un sencillo pensamiento que antes no hubiera tenido.
Tan tentador…tan relajante el saberse poseedor de ese don.
Pero y si…Llevé mis manos hacia mi vientre, cuna primitiva de un acierto deseado, angustiada ya por el olvido que no se había producido.
Me sentía una  de las Eternas de Isaac Asimov repleta de buenas intenciones, pero sabiendo que una única nimiedad, un cambio mínimo necesario, no solo cambiaría mi universo conocido, arrasaría con el universo de un neonato que dejaría de existir, y yo, nunca me desharía de la frustrante necesidad de echar de menos lo que nunca tuve.

¿Podría hacerlo? ¿Podría cambiar el rumbo del mundo sin importarme a quien afectara?
Visualicé mi nueva vida envuelta en una ansiedad sin fin en busca del momento exacto. Un ovulo fecundado por un gameto concreto, ese y no otro, con una carga de ADN única, creadora de una exclusiva personalidad.
El olvido no es una opción cuando amas tanto, solo cabe la renuncia.

El rojo se fue tiñendo de una amalgama de colores, hasta acabar convirtiéndose en una nebulosa que se desdibujaba ante mis ojos apartando de mí una ocasión nunca imaginada.
Decisiones en este firmamento, decisiones en otro paralelo, decisiones al fin y al cabo que hacen tambalear día a día un destino que nunca está escrito.
Replegué el cuerpo en un acto de defensa, mis rodillas acariciando mi pecho, mis brazos rodeando mis piernas, un ovillo de carne resguardando un principio.
Me dejé llevar a través del reposo uniforme que es el sueño, entre quimeras y desvaríos, para aterrizar con suavidad en la realidad de un colchón que ahora estaba frío.

Rojos, azules, violetas…aparecieron cegándome después de aquel trance incoloro. Reconocí mi cuarto, sentí la fragancia de mi casa arropada por lo cotidiano y en medio de esa objetividad aceptada lo sentí moviéndose bajo mi piel.

No necesitaba hacer las cosas de otro modo, no necesitaba cambiar una vida ya vivida, mi universo comenzaba a estar lleno de cambios, de nimiedades que trazaban un camino anclado en un perenne efecto mariposa.

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TAN SOLO TE SUEÑO


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 El cinco de febrero, a las cinco de la tarde, habíamos quedado en el semáforo de la Avenida Principal.
Era una tarde fría y con mucho viento, de ese que azota más que acaricia. Escondí mi larga melena rubia bajo un sombrero, y me puse un abrigo negro y una bufanda roja, tal y como le había dicho.
Llegué puntual y busqué entre la multitud a un hombre con un pañuelo del mismo color, pero no lograba divisarlo en medio de toda la marabunta de gente que cruzaba con premura.
Al filo de las seis, cuando todas las hormigas trajeadas ocupaban sus puestos dejando las calles vacías, apareció enfundado en una parka color chocolate. Sus manos escondidas en los bolsillos, sus hombros alzados en busca del calor de su pañuelo rojo y su mirada fija en la mía, que le esperaba al otro lado intentando adivinar su aspecto en la distancia.
El semáforo cambio de verde a ámbar, después a rojo, dos, tres veces…y allí seguíamos parados, en un duelo de miradas, separados por un río de rayas blancas dibujadas en el asfalto.
Y sonrío, sólo hizo eso, sonreír, y mis piernas se adelantaron a mis deseos, sin control, ajenas a los colores que me impedían pasar. Un paso tras otro, sin oír el claxon de los coches, sin escuchar el grito de la mujer tras de mi, volviendo únicamente a los ruidos de la ciudad cuando el mercedes blanco golpeó su feroz morro contra mi cuerpo.
Volé sin alas sobre el coche, mi sombrero a la deriva, mi cabello enredándose en el aire, sin sentir el dolor de los huesos rotos, aterrizando con un golpe sordo en el pavimento negro. Restos de mi consciencia intuían una fina lluvia, caras arremolinadas en torno a mí, y entre todas ellas, la suya; borrosa salvo sus labios que pronunciaban mi nombre: Ágata; luego oscuridad, bendita y reconfortante oscuridad.
Puede que para los demás el tiempo transcurriera lentamente, horas pausadas invertidas en espera. Para mí, sin embargo, los días dejaron de tener importancia. Sumida en el bienestar que me proporcionaba la medicación, acertaba a oír voces de vez en cuando, sin saber con exactitud a quien pertenecían. Cuerpos indefinidos de pasos leves me dejaban su aliento, pero ni una sola caricia, ni un tenue contacto sobre la piel detenida en la quietud de mi cuerpo.
Los párpados pesaban como losas sobre mis adormilados ojos. Aún así, hice un esfuerzo por abrirlos y no me sorprendió encontrarme en una habitación de hospital. Recordaba cada instante con una precisión demoledora. Intenté incorporarme y no ocurrió nada; tampoco era de extrañar, teniendo en cuenta el agotamiento que me inundaba.
Una enfermera abrió la puerta y me vio despierta. Antes de que pudiera decirle algo, salió rápidamente de la habitación para regresar con un séquito de acompañantes: un médico de bata blanca, una madre de semblante serio y un hermano que evitaba mirarme. La situación no pintaba nada bien, y por un momento deseé volver a estar inmersa en la comodidad de los analgésicos.
—Buenos días Ágata —me saludó el médico sin sacar las manos de los bolsillos de su impecable bata.
Agradecí ese “no” gesto, me ahorraba el esfuerzo de levantar mi mano para dársela.
—Soy el doctor Hernández, y llevo su caso —hizo una breve pausa sopesando mi reacción, miró fugazmente a mis estáticos familiares y prosiguió.
— ¿Recuerda lo que le pasó?
—Perfectamente —respondí, sintiendo mi boca seca y pastosa de repente.
— El impacto fue… brutal. No me voy a andar con rodeos. Hablé con su madre y ella me dijo que usted prefiere saber las cosas sin paños calientes —tomó aire, como si se tratara de un ejercicio aprendido para  poder contar las malas noticias—. Sufre una lesión medular completa a nivel C5, lo que significa que no hay preservación sensitiva ni motora por debajo de la quinta vértebra cervical. Es decir, la única movilidad que posee es la de su cabeza.
»Puede que sienta dolor en el pecho, aunque en su caso, no necesita actualmente asistencia respiratoria. Posiblemente, más adelante, si sea necesario, todo dependerá de su evolución. Su lesión abarca segmentos sacros, no existe sensibilidad ni control para miccionar o defecar.
»A partir de ahora, habrá un progresivo debilitamiento de manos y brazos. Para ello, ya tenemos a su disposición un equipo de fisioterapeutas que se encargaran de mantenerla en la mejor de las condiciones posibles. La probabilidad de infecciones de vejiga son altas, y son muy frecuentes los espasmos musculares acompañados de dolor que se tratarán en su momento, con la medicación adecuada.
Soltó su discurso sin pestañear, como el que lee las instrucciones de su nuevo televisor, sabiendo que la mayoría de las palabras resultarían incompresibles para el oyente. Pero yo si las comprendía, en ese minuto y medio acababa  de perder mi vida, mi cuerpo, mi dignidad. Todas las emociones que poseía, corrieron a esconderse entre los restos de mi columna rota, diseminándose a través de los pedazos de mi médula partida. Ni siquiera fui capaz de llorar. No podía hacerme un ovillo, no podía saltar de la cama, no podía agitar mis brazos en señal de enfado, así que hice lo único que podría hacer durante el resto de mi existencia, girar la cabeza y cerrar los ojos; la única manera que tenía a partir de ahora, de echar a correr.
Es curioso como uno se adapta a las situaciones a golpe de rutina. Seis meses después, estaba en casa de mis padres, en un cuarto del que jamás podría salir.
Tras escapar de un duro y largo proceso de divorcio, y volver a recuperar mi independencia, volvía a estar en el punto de partida, como una niña, sin más capacidad de decisión que la de dormir.
La peluquera llegó a las once, dicharachera y habladora, extendió sus herramientas al pie de mi cama y esperó con una paciencia cargada de pena que helaba mis inútiles huesos, la llegada de mi madre para sujetar  mi cuerpo inerte. Ese  pelo largo, rubio y sedoso del que tan orgullosa estaba, había sido sustituido por un corte austero más fácil de tratar. Sólo quedaba de él los reflejos dorados que despuntaban irreverentes por mi cabeza. Mi pubis también había sido depilado, sus rizos arrancados en aras de una limpieza baldía.
Sucesión de días, sucesión de noches…tediosas, interminables, agonizantes, llenas de pensamientos tumultuosos atrapados en una cabeza que hubiera querido arrancar.
Miraba el portátil abandonado en mi mesa supletoria. Lo habían adaptado para que pudiera usarlo con mi boca y con mi voz. ¿Para qué? Atrás quedaron las tardes en las que me escribía con él, los anocheceres de confidencias y risas azules que destellaban en esa ventana abierta al espacio cibernético.
Un saludo un día, una frase al siguiente, y pronto derramamos en palabras nuestras vidas, sin importar el tono  de nuestra piel, los rasgos de nuestras caras, el color de los ojos. Siguieron una serie de fotos, tímidas al principio, tomadas con suficiente distancia para sólo así, adivinar sin mostrar. Llegaron después los primeros planos, y todavía  me recuerdo acercándome a la pantalla para saborear esa primera impresión; su pelo corto y negro, sus ojos del color de la miel virgen, su piel canela que se oscurecía con la llegada del verano, sus labios carnosos, abiertos en una sonrisa infinita…
Así era Germán al otro lado del mundo, salvados de la distancia por cables que recorrían las calles llevando nuestros mensajes llenos de imposibles y sies condicionados.
Nos separaba un Océano, un mar de agua profunda que con gusto me hubiera bebido para poder acercarme a él. Pero no hizo falta. Aquel viaje de trabajo inesperado que me hizo dar saltos de alegría, nos iba a reunir un cinco de febrero.
Llamó innumerables veces pidiendo hablar conmigo. Mi negativa era rotunda, la realidad aplastaba cualquier resquicio de posibilidades que hubiéramos podido tener. Ahora, ese Océano ya no me parecía lo suficientemente grande para desprenderme de su recuerdo. Lo soñaba cada noche, palabras grabadas que me herían, encuentros que nunca sucedieron, abrazos que nunca nos dimos.
Detenida por siempre en esta habitación, pensaba; prisionera inmóvil de tiempos pasados, queriendo escapar, deseando volar.
Tan intenso era mi deseo, tan vivo y vehemente, que sentía mi figura levantarse mientras dormía. Era capaz de vivir otra vida al caer la noche, cuando mi mente se abandonaba al sueño, cuando olvidaba el ancla de mi cuerpo.
2
 No estaba segura si era real o una fantasía, pero percibía el aire colándose por las costuras de mi abrigo. Miré el día en el reloj de mi muñeca: cinco de febrero, y perpleja, me observé a mi misma y lo que me rodeaba.
Vestía igual que aquel fatídico martes, la única diferencia era mi cabeza desnuda protegida por minúsculos mechones que se revolvían con el viento. La misma gente pasando, los mismos coches rugiendo.
Antes de las seis, lo vi acercarse al semáforo. Me miró y volvió a sonreír, sólo que esta vez no salí a su encuentro. Él cruzó con pasos tranquilos, sin dejar de mirarme, hasta que al fin estuvo a mi lado.
No sabía si era una nueva oportunidad o quizás, mis deseos encerrados en un sueño, fuera lo que fuera, no lo iba a desaprovechar. En esa calle paralela, en ese momento inexistente, podía andar, sentir de nuevo sobre mi piel, si el día habría de venir para robármelo, me valdría de la noche para recuperarlo.
Caminamos por la acera, hurtándonos las palabras, observándonos en cada pausa, sin un rumbo fijo. Con el terminar de la jornada, la gente comenzó a salir de sus trabajos llenando las calles, haciendo que el espacio entre nosotros fuera cada vez más pequeño; juntando nuestros hombros, rozando nuestros dedos que acabaron unidos con una naturalidad impropia de un primer encuentro.
Fue justo en la esquina del hotel donde se alojaba. Parados frente a frente, sujetó mi barbilla con su mano, y con deliciosa lentitud, acercó sus labios a los míos. Noté su calor y su aliento, y entreabrí mi boca para perderme en su beso. Su lengua sondeó dentro de mi, perezosa, húmeda, aprendiendo todos los rincones, apresurándose cuando encontró la mía que sabía a menta.
Mis manos se sujetaron en su pelo, las suyas abarcaron mi cintura, nuestras lenguas rozándose ávidas, cada vez más profundas. Mordimos, chupamos hasta chocar los dientes, cogiendo aire por la nariz para no romper el contacto.
No hubo más palabras. Caminamos de la mano hacia la suite del hotel, dejando nuestras prendas de abrigo abandonadas en la entrada.
Había imaginado tantas veces esta escena… la tenía casi ensayada de tanto soñarla. Recordaba cada una de sus letras cuando me contaba cómo me ideaba, lo que haría sobre mi cuerpo cuando estuviéramos juntos. Intentó besarme de nuevo y le detuve.
— ¿Te acuerdas de lo que me dijiste la primera vez? ¿Cómo pensabas en mí en la silla frente al ordenador? Quiero regalártelo, quiero que sepas que hice todas y cada una de las cosas que narrabas.
Le empujé hacia el sofá y desabroché su camisa y sus pantalones mientras le besaba. Me di la vuelta y me desvestí sin prisa, dejando un arroyo de ropas a mis pies. Giré mi cuerpo desnudo, mis treinta y cinco años crudos y reales frente al esplendor de sus estrenados veintiséis, mostrándole a la Ágata que era, en la que me había convertido, incluso en este lapso indefinido en el que me encontraba, con mi cabello corto y mi piel totalmente ausente de vello.
Acerqué una silla y me senté. Las piernas abiertas exhibiendo mis secretos, mi columna sana apoyada en el respaldo. Los dedos de mi mano derecha se dirigieron a mi suave pubis, encontrando una crema que fluía desde la primera vez que le vi, húmeda, densa, llevándome hacia el interior suave y fácilmente. Mi pulgar buscó el centro del placer trazando círculos sobre él. Mi mano izquierda recorría mi cuerpo, la detuve en mi boca, lamiendo mis dedos, que ya mojados, jugaron con unos pezones endurecidos de deseo. Dejé caer mi cabeza hacia atrás, moviéndome rítmicamente, la mano enterrada dentro de mí, empujando cada vez más deprisa, levantando las caderas en busca de satisfacción.
Advertí el orgasmo creándose en mi estómago, ese hormigueo que me hacía tensar las piernas. Apreté los glúteos en un intento de retenerlo. Mi respiración jadeante y entrecortada, acompañaba mis oscilaciones, era música para sus oídos, una balada de éxtasis para los míos. Llegó envolviéndome, haciendo que gimiera sin pudor, dejándome llevar sumergida en un placer que apenas recordaba.
Abrí mis ojos, mi mano seguía ahondando, rebelándose a salir, y lo encontré frente a mi desnudo, sofocado, sus dedos curvados en su endurecido miembro.
Las primeras gotas comenzaron a salir, y no pude menos que arrodillarme frente a él para lamerlas, para que no se perdiera ninguna de ellas. Mi lengua se deslizó golosa por la punta, deteniéndose en su hendidura, recorriendo su tallo de gruesas venas, empapándolo con mi saliva.
Me sujete a su culo mientras mi boca succionaba, para luego soltarme y recorrer con mi palma el camino que habían descubierto mis labios. Rocé sus muslos abiertos, lamí sus testículos al compás de mi mano, y sin previo aviso lo tragué entero. Su inicio en mi garganta, mis labios en la base, la nariz perdida en sus rizos negros inhalando su aroma. Dejé que llevara el ritmo, esperando abierta para él, golpeaba sin clemencia, deteniéndose tan solo cuando ya estaba sepultado en mi boca. Cogió mi cabeza entre sus manos; mis ojos cerrados, sintiendo su mirada sobre lo que estábamos haciendo. Deliciosa y gruesa, entraba y salía, mi mano transitando arriba y abajo sobre su hombría, para dar un descanso a mis labios hinchados.
Sus piernas se separaban cada vez más buscando el equilibrio. Me estiré para que mis dedos se mojaran con su saliva, enredados en su lengua, y codiciosos, se dirigieron a su apretado anillo. Tanteé la entrada y cobardemente me metí dentro, esperando un rechazo que no llegó. El segundo dedo ya tenía el camino abierto, empujé con suavidad al principio buscando su próstata, aumentando las embestidas a medida que sus suspiros crecían. Una rima perfecta de dedos y boca, unos profundizando, la otra chupando sin piedad.
Quería que se viniera, así, tal y como estábamos, beberme su semen mientras le oía gemir.
Bruscamente me tiró al suelo, besándome con ferocidad. Yo sacaba mi lengua para que el la lamiera, y su boca empapada recorrió mi cuerpo, tal y como lo había soñado, amando mi cuello, deteniéndose en mis pechos, confundiéndose conmigo.
Le esperaba ansiosa, y cuando lo tuve dentro, no pude reprimir un grito de sorpresa. Me llenaba y me abandonaba con una lentitud desesperante. En un momento saciada de él, y al instante vacía. Mis caderas le buscaban, lo quería más duro, más profundo, y mi súplica muda fue atendida cuando comenzó a golpear con fuerza.
Entre los jadeos oía el ruido de nuestros cuerpos al chocar, mis manos salieron  a su encuentro cuando se inclinó sobre mí. Recibí su peso gustosa, sintiendo su vello encrespado sobre mi terso monte, sobre mi clítoris pretencioso que demandaba más presión.
Elevó mis piernas sobre sus hombros, hundiéndose en lo más recóndito de mí, escogiendo el ángulo perfecto, contemplando nuestra unión, mi cuerpo arqueado, a punto de romperse mientras él seguía empujando perdido en su propio placer.
Llegué antes que Germán, y sudorosa y saciada, esperé que se vertiera en mi interior, sintiendo las últimas convulsiones que me ataban a él.
Salió despacio, derramando su calidez por mis muslos enrojecidos. Sin importarnos nada, nos abrazamos, acariciamos nuestros brazos, dibujamos los rostros sonrientes, y nos quedamos así, enredados en un instante eterno, envueltos en el calor de nuestros cuerpos.
3
 La mañana se coló entre las rendijas de la persiana y un sol tibio acarició mi cara. No quería despertar, me encontraba abstraída en un abrazo del que no me apetecía salir, pero mis horas de sueño llegaban a su fin, y crueles y despóticas, me echaron de su lado.
«Tan solo te soñé», me dije al comprobar el destierro de mi cuerpo. Levanté la cabeza todo lo que pude y me contemplé en el espejo que estaba frente a mí.
El reflejo me devolvió la imagen de una Ágata despeinada, de labios abultados y mejillas sonrosadas.
— ¿Pudo ser? —me pregunté.
Esperé con impaciencia la hora de mi aseo. Quería ver mi cuerpo a la luz del día. Cuando las sábanas al levantarse lo descubrieron, sólo pude reír. Una risa nerviosa, esperanzada e incrédula. Ahí estaban las marcas de sus dedos en mi cintura, justo en el lugar donde me agarró con fuerza mientras me embestía; la marca de sus dientes en mi pecho derecho, el aroma de su perfume en mi pelo.
—Fue, fue, fue…. —repetí en un murmullo, mientras la auxiliar hablaba sola y parecía enfurecida sobre las señales en mi piel.
Pasé el día en un estado de felicidad olvidada, contando las horas que faltaban para la noche.
A las siete llegó un mensajero con un paquete para mí. Mi hermano lo desenvolvió con cuidado y extrajo una bufanda roja y una nota.
—Léela —le pedí.
Con el ceño fruncido recitó el mensaje:
Te dejaste esto anoche. Te espero a la misma hora. Germán.
Sonreí. Puede que tan solo te sueñe —pensé— pero es suficiente.







4

EL TIEMPO INEXISTENTE

Mis pies parecen anclados al suelo de la Plaza del Tiempo, haciendo que mi cuello se doble de manera antinatural para poder ver los dos grandes carteles que presiden el edificio del Gobierno.
Rodeada de personas estupefactas, de otras que gimen en silencio, de aquellas que ya no están porque han huido despavoridas, miro sin inmutarme las letras rojas que confirman los rumores de los últimos días. La actualización del tiempo es un hecho.
Después de vivir con existencia ilimitada, al gobierno no le ha quedado más remedio que admitir que ese exceso era una falacia. Invirtió nuestros minutos y nuestras horas en beneficio propio, arriesgó nuestros ciclos vendiéndolos al mejor postor, nos robó nuestras etapas regalándonos intereses en segundos que nunca fueron reales.
Llegó el momento de cobrar la deuda. Los países de la Unidad Central reclaman sin piedad todos los préstamos, y el pago lo deben hacer los ciudadanos.

Hace más de un siglo que el tiempo sustituyó al dinero. Todas las transacciones pasaron a hacerse a través de los relojes implantados en nuestras muñecas. Comida, ropa, médicos…todo se pagaba con los minutos de nuestro ciclo vital. La bonanza de la época nos convirtió en millonarios de tiempo ilimitado, sólo una minoría quedó rezagada, atrapados en unos pocos años que atesoraban para luego cederlos a sus hijos con la esperanza de una vida más larga para ellos.
Son los únicos que ahora no tienen miedo. Habían vivido el presente sin pensar nunca en el mañana. No tenían proyectos pendientes, ni culpas sobre lo que nunca hicieron. No dejaban palabras sin decir, ni decisiones pospuestas, porque su reloj solo marcaba el hoy.
Miré el mío bajando por primera vez la cabeza, dejando que un dolor agudo traspasará mis cervicales situándome de nuevo en la realidad. Los números daban vueltas vertiginosamente en una cuenta atrás sin remedio.
Comencé a caminar a la vez que sacaba de mi bolso la lista con los propósitos escritos desde los ocho años. Muy pocos estaban tachados, nunca tuve prisa por llevarlos a cabo.
¿Por qué hacerlo si tenía el tiempo suficiente para esperar el momento adecuado?
Al volver a leerlos me di cuenta que hacía mucho que algunos no se podrían realizar. Las personas a las que estaban vinculadas ya no estaban, y las que si permanecían ya no tenían tiempo para perderlo conmigo.
Comencé a marcar números en mi teléfono y la angustia me invadió al escuchar repetidamente la misma locución: “El tiempo de este ciudadano ya ha expirado. ¿Desea marcar otro número?”

¿Cómo establecer prioridades para unas pocas horas de vida? Podría morir sola escuchando la última sinfonía de Bruna Chi, o quizás terminar de leer ese libro que siempre dejaba a medias. Podría ceder ante la invitación de mis “amigos” y hacer de la muerte una fiesta, o establecer una videoconferencia con mi familia a la que nunca llamaba porque siempre tenía cosas mejor que hacer.
A fin de cuentas, el tiempo que siempre me sobró se traducía ahora en una soledad que invadía los minutos que me quedaban.

Me senté en el banco del parque sin querer dirigir la mirada hacia el ruido sordo de los cuerpos al desplomarse. Los beneficiarios de las tarjetas de crédito eran los primeros en caer. Cuanto más tiempo tienes, más tiempo quieres…aunque sólo sea para malgastarlo.



Pensé en Deckard y en las oportunidades que rechacé, en mi indecisión y mis negativas constantes por su exceso de vitalidad. Yo no destapaba la botella de la vida esperando esa ocasión especial que nunca llegaba, él bebía a sorbos saboreando cada uno de los momentos sin temor a que la botella se vaciase.
Eché de menos las caricias que me ofreció y que nunca acepté, las conversaciones que quedaron en el limbo del más adelante, las sonrisas que tenía guardadas para él y que ahora languidecían en mi recuerdo, el calor de su cuerpo en mis noches perdidas en vela.
No le vi llegar, ni tampoco me giré cuando su mano tomó la mía, avergonzada infinitamente por no haberle dado mi tiempo, ese tiempo real que sólo a mi  me pertenecía y que no debía a nadie.
Miró mi reloj que emitía destellos rojizos en señal de peligro, los números del suyo giraban con la lentitud habitual de los tiempos felices.

—Tengo diez años, puedo cederte cinco y vivirlos juntos.

A mi mente sólo venía una frase leída de un viejo libro  de mi padre; “Me  pregunto si Mozart habría tenido la intuición de que el futuro no existía, de que ya había utilizado todo su breve tiempo."
Estaba claro que yo si había consumido el mío, no me parecía buena idea vivir de prestado.

—Me queda tiempo para un beso—le dije.

Acercó su boca a la mía, su aliento templando mis labios a la espera de recibirlos, su mano sosteniendo mi nuca, mi lengua sondeando en un intento de darle todos los besos retenidos, deteniendo un tiempo que ya no existía.
Noté como mi corazón daba un último latido, allí, enredada en sus brazos, y sonreí orgullosa por haber encontrado en ese lapso mí tiempo perdido.


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