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PROYECTO DE FEBRERO DE ADICTOS A LA ESCRITURA: ESPECIAL SAN VALENTÍN

Me he pasado en la extensión de este ejercicio, pero me ha venido la inspiración que tenía un poco perdida.
Aquí os dejo la historia de Valentín Yebra.



VALENTÍN YEBRA

Me llamo Valentín Yebra. Nací un catorce de febrero hace cincuenta años. Soy hijo de una puta y de mil pares de padres, por eso siempre sonrío al que intenta atacarme con ese insulto, porque para mí no es más que una verdad.

Es extraño encontrarme donde estoy ahora, en tránsito hacia  algún lugar aún no definido. Hoy también es catorce de febrero y mi cuerpo enfundado en un sobrio traje gris, descansa sobre el acolchado de un ataúd de roble. Es evidente que estoy muerto, y supuestamente no debería estar viendo lo que pasa a mi alrededor, pero como nadie ha venido a decirnos lo que pasa una vez que nuestro cuerpo nos abandona, no debería desconcertarme que mi espíritu permanezca todavía aquí.

Nunca vi la Iglesia tan llena. Feligreses curiosos se sientan en los bancos de atrás, junto a  mujeres que murmuran entre ellas y que asen con fuerza los brazos de maridos infieles que bajan la cabeza. No en vano debe ser así, ya que en los bancos principales lloran desconsoladas esas hembras que llaman de mala vida, hembras que al enjugar sus lágrimas dejan caer sus chales poniendo de manifiesto una exuberancia  impropia de un lugar sagrado.
En los bancos de la izquierda, permanecen con rostros impasibles, mis colegas de la Universidad. No deben sorprenderse de esta variedad de público, fui putero y catedrático al mismo tiempo, nunca vi incompatibilidad entre ambas aficiones.

Mi madre llego a este pueblo a la tierna edad de dieciséis años. Pronto descubrió que entregarse a los gozos del cuerpo, podía ser además de placentero, lucrativo, y como no tuvo más educación que la de una madre amargada y un padre borracho, decidió dedicarse al oficio más antiguo del mundo. Como herencia recibió una belleza inusual, la sagacidad de los pobres y una humilde casa a las afueras.
Los hombres del pueblo comenzaron a ir de uno en uno a descargar frustraciones maritales, faltas que luego confesaban al señor párroco, joven sacerdote en aquella época, que no sabía cómo abordar los pecados de la carne.
Como la demanda se multiplicó, mi madre trajo a varias muchachas de los pueblos aledaños, y así dio comienzo un fructífero negocio.
Con veinticinco años, aquella mujer que ya se había hecho con varias hectáreas de terrenos, joyas y un buen capital, descubrió que estaba embarazada, y así, un día de San Valentín, nací yo, rodeado de mujeres y gemidos que se colaban entre las finas paredes. No podía ser de otra manera, nacido y criado en tal ambiente, estaba predestinado a ser un hedonista nato, por mucho que mi querida madre se empeñara en lo contrario.

En mi catorce cumpleaños, mamá se dio cuenta que era mejor darme en casa lo que yo ya andaba buscando fuera. Como regalo me ofreció a la más joven de las chicas que allí trabajaba, y ante su sorpresa la rechacé. Yo quería a Macarena, con sus carnes y sus cuarenta años, con su sabiduría y sus ojos tristes, y nunca me arrepentí de entregarle mi inexperiencia. Fui yo quien le obsequió sus primeras caricias cargadas de ternura, el único que la miró a los ojos mientras me entregaba a ella, un hombre a medio hacer que le arrancó besos de amor olvidados. Ella me recompensó con una sonrisa bañada en mi miel y sus brazos recogiendo mi sueño.

Supe entonces que no podría ser hombre de una sola mujer, que mi vida iría encaminada a amarlas a todas, porque al fin y al cabo, yo era hijo de pasiones retenidas, de amores que iban más allá de la razón, de esos que quedan detenidos en los pliegues de la lujuria, libres y sin más compromiso que unos billetes sobre una mesita de noche.

Todas y cada una de las damas del burdel, pasaron por mi cama, porque era a mi cama donde yo las llevaba, a escondidas, sin más pago que la adoración que les profesaba.
Mi madre, consciente de los derroteros por los que transcurría mi juventud, decidió enviarme a estudiar fuera, en un intento de alejarme de esa vida  que ella había elegido, pero que no deseaba para mí.
Con dieciocho años me mudé a la capital a estudiar  Literatura. Nunca quise hacer otra cosa, porque aparte de las mujeres, mi segunda pasión eran los libros: Cela, Jacinto Benavente, Lorca, Joyce, Mark Twain, Marguerite Duras….no importaba el género, ni el autor, todo lo que caía en mis manos lo devoraba ávidamente.
Fui un alumno brillante, no me costaba ningún esfuerzo estudiar, para mí, enterrarme y absorber las palabras, se acercaba mas al deleite que a la obligación.
Al caer la noche, mis pasos siempre me guiaban hacia el mismo sitio: los barrios de prostitutas callejeras, bellezas en pleno esplendor, y algunas ya marchitas, escondidas tras capas de maquillaje absurdos. Escaparates de su propio cuerpo que ofrecían sin pudor, con sonrisas aprendidas, centinelas de enigmas imposibles de resolver por superficiales clientes.

Solía pasear durante largo rato, observándolas, mirando más allá de esas figuras voluptuosas al abrigo de la noche, e invariablemente acertaba al escogerlas. Siempre supe quien necesitaba una noche de amor y no de trabajo, a quien tenía que regalarle mi ternura, mis suaves caricias de amante cada vez más experimentado.
Me acercaba como un galán de película, seduciendo más que pidiendo un servicio, y dejaba que ellas se hundieran en mis ojos color café, creyéndose por una noche  princesas de un sueño irrealizable.
No había mayor recompensa para mí que sus  gemidos cargados de verdades, sus cuerpos arqueados en busca del abandono, la fiereza con la que atrapaban mis caderas cuando me perdía entre la bondad de sus muslos abiertos.
Satisfacción, eso era lo que sus rostros reflejaban cuando caían agotadas, somnolientas y laxas sobre sábanas cargadas de actos sin escrúpulos. Al contemplarlas, yo sabía que aquello iba más allá del  alivio del sexo, yo les brindaba mi amor por una única noche, con todo lo que era y lo que sabía, un paréntesis en la sucesión de días ausentes de afecto.

Viaje mucho y amé en muchas lenguas, hasta que una cátedra en la universidad donde me inicié, hizo que mis pasos se detuvieran en una ciudad bañada por el sol.
Siendo como fui un profesor duro, de los que enseñan no solo lo que hay en los libros, sino lo que la vida me enseñó a mí, no era de extrañar oír a mis espaldas el tan usado insulto de “hijo de puta”. Me giraba y sonreía benévolamente al hacedor de tal improperio, sin que él adivinara de cuanta verdad estaban cargadas sus palabras y mi orgullo de ser hijo de quien era.

A principios de febrero recibí una llamada del pueblo. Mi madre había enfermado inexplicablemente y ningún médico de los que la visitó supo encontrar la causa de su dolencia.
Al llegar me la encontré postrada en su cama, esperándome para despedirse de mí, porque tan cabezota como era, decidió morirse sin más. Tenía preparado todos los papeles que legalmente hacían falta para traspasarme el negocio, las distintas posibilidades a las que debería enfrentarme sino lo quería para mí y una herencia en dinero que ella sabía que repartiría entre sus chicas.
La enterramos en un panteón un poco ostentoso para mi gusto, pero que ella había planificado con esmero, envuelta entre nuestra aflicción no demasiado desmedida, ya que no se puede llorar una decisión tan meditada. Dispuso emprender su último viaje, y libre y sin ataduras como fue siempre, emigró hacia el descanso de la muerte.

Con tantos asuntos por resolver, me quedé en la que había sido mi habitación de niño, y las noches se fueron sucediendo en un sin vivir de consuelos ante la ausencia.
Mi corazón ya maltrecho por la bebida y por el exceso de entrega, dejó de latir al comienzo del catorce de febrero, mientras una apenada mujer cabalgaba sobre mí  vestida en llanto.

Jamás había imaginado mi muerte, ni tampoco la había deseado, pero en ese instante, antes de que la consciencia me desamparara, me sentí feliz de irme así, tal y como había vivido, dando mi amor y mi alivio a aquella que lo necesitaba.

Ahora contemplo la escena de mi entierro fuera de mí, viendo dolor del verdadero entre aquellos que me quisieron. Bajan la caja al encuentro de la de mi madre, pero ella ya no está allí. La tengo a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro y acompañándome  no sé bien a dónde. Dios sabe lo que hice, y cuales fueron mis intenciones al hacerlo, sólo Él puede juzgarme y decidir cuál será mi lugar para el resto de la eternidad, pero no cabe duda que tuve una buena vida y que esparcí mi amor a los cuatro vientos, ¿o tal vez debería decir a las cuatro esquinas? 
Ya no importa, se acaba aquí.

Safe Creative #1102208542616



10 comentarios:

Cuqui dijo...

Me ha gustado el enfoque a este día tan "consumisturizado",porque el amor es posible darlo de tantas maneras...
...ademas de que el texto me ha evocado a ciertos libros que di por leidos...
...asi que me releeré algo a tu salud!XD

Sidel dijo...

Ha sido un relato interesante, resulta que el tipo era bastante generoso al fin y al cabo y ¿si no se disfruta del amor?, para que queremos vivir...Saludos!

Esther dijo...

Me ha sorprendido, hacía tiempo que no leía algo así. Me ha recordado a varios autores que dejan marca cuando los lees.
Ser libre es lo que todos queremos y nunca seremos, por estar recluidos en nuestras propias jaulas. Tu personaje es alguien increíble; me ha encantado.

Déborah F. Muñoz dijo...

un planteamiento muy interesante

Anónimo dijo...

AL FINAL TODO SE REDUCE A LOS QUE HAS DADO DE CORAZÓN Y A LA FORMA EN LA QUE HAS VIVIDO, PORQUE TU ELIGES COMO HACERLO A PESAR DE LAS CIRCUNSTANCIAS.
DIFERENTE RELATO, PARA PENSAR Y EXPLORAR MUCHAS TRABAS Y CUESTIONES.
GRACIAS
LOU

KaRoL ScAnDiu dijo...

Hola querida Elo...

Me ha encantado el relato.
Es duro y tan real como la vida misma.
Tu manera de escribir marca, y me gusta mucho:D

Te felicito por el pedazo relato:D

Te sigo:D

kissess

Maga de Lioncourt dijo...

Hola, Elo!

Me gustó mucho tu relato, no sólo porque es genial el planteamiento que has hecho, sino por la forma que lo relatas.

Espero seguirte leyendo en los próximos ejercicios adictos.

Besos!

Kate P.B dijo...

Sin duda, esta es una de las historias que mas me gusto, es completamente diferente a cualquiera de las que he leído anteriormente.
Verdaderamente interesante.

Besos.. :)

Elo dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios. Se que no es una historia muy típica de San Valentín,pero bueno...no me gustan los estereotipos, ni siquiera en el amor. :D

Anii dijo...

Guao... si que sabes enfocar San Valentín de una forma especial xDD