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Hasta luego...

HASTA LUEGO


La vida esta llena de etapas, y todas tienen su momento y su final.
Comencé este blog en una de ellas, y un poco caótico a veces, buscando su sitio como yo, me ha acompañado este último año que no ha sido nada fácil.
No quiero decir adiós, pero de momento si tengo que decir hasta luego.
Empiezo una nueva andadura llena de cambios, y mi tiempo ahora lo necesito para adaptarme, para comenzar y para centrarme de nuevo.

Espero volver con energías renovadas, con ideas nuevas para reencontrarme con todos los que fieles a este pequeño rincón, habéis estado conmigo.
Tengo que dar las gracias a todos y cada uno de los que me habéis leído, alentado y dejado alguna vez vuestros comentarios. Pero no me puedo despedir sin dar las gracias a tres personas que he conocido en este medio tan frío a veces, y que me han dado su calor.

Gracias Cuq, por estar siempre ahí, por acompañarme sin faltar un solo día, por dejar que alguna vez mojara tu camisa, por convertirte en una amiga, por ser tan única y llena de luz.

Gracias Alex por tus risas, por tu discreción tan discreta: D., por dejarme conocerte y descubrir a una maravillosa persona.

Gracias Des. ¿Qué te puedo decir que no te haya dicho ya? Sigo buscando la manera de seguir agradeciéndote todo lo que me has dado, todo lo que me has dejado compartir contigo, y ahora debería escribir las palabras mágicas, pero no hace falta porque ya las sabes.

Como todo se inició para  compartir todo aquello que salía de mis letras, no quiero irme sin dejaros otro escrito, no se si adecuado o  sin bien hecho, solo esperando que lo disfruteís.

Espero volver pronto.
Hasta luego.

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Y EL MAR BAÑÓ SUS PIES



   Remedios Azcárete ha vivido siempre con su marido en la calle de las Angustias, esa que hace esquina con el Ayuntamiento.

Vive en una casita baja, pintada de blanco, con geranios de todas las gamas de colores apostados en los balcones. Con el fresco de la mañana, Angustias, envuelta en sus ropas tristes a juego con su alma, sale a regar los únicos colores que hay en su vida.

Los mima, los habla y les ofrece ese cariño escondido entre los pliegues de su resignación, tal y como lo haría con ese hijo que no llegó a nacer; ese que le encadenó a un marido al que ofreció su juventud, sus renuncias y en un primer momento su amor.

Apenas tenía catorce años cuando comenzó a tontear con él en las fiestas del pueblo. Su cabeza vestía aún las trenzas que la ataban a la niñez, tal vez para compensar un cuerpo de mujer demasiado incipiente para su corta edad.

Ramón se fijó en ella cuando la vio bailar un pasodoble al compás de una  orquesta desafinada. Tenía el encanto de las que no saben lo que poseen. Sus caderas balanceándose, su risa irreverente, sus pechos pujando la tela de un vestido de niña y sus ojos abiertos a ilusiones inocentes.

Se encaprichó de ella, lo mismo que se había encaprichado de la panadera, de la maestra del pueblo y de la criada de su casa. Sus veinte años  cargados de arrogancia, unidos al cargo de alcalde que ostentaba su padre, le daban todo el derecho.

La sacó a bailar, posando sus manos en una cintura que jamás había recibido el tibio calor de un hombre; le susurró mentiras aprendidas en unos oídos ávidos por escucharlas; le ofreció la luna, el sol y las estrellas, y ella los aceptó sin saber que ya  había miles de dueños para tan preciado regalo.

Un año duró el cortejo. Remedios no era fácil, hacía preguntas que las mujeres no deberían hacer, le hablaba de fronteras que quería cruzar, de libros escondidos bajo las tablas de madera de su cuarto, de palabras que él jamás había oído. Aguantó sus discursos con falso interés, esperando, acechando, cargándose de una paciencia que no poseía. Ninguna mujer se lo había puesto nunca tan difícil y con el pasar de los días se convirtió en un reto obsesivo a alcanzar.

Sólo hacía tres meses que había cumplido los quince, y entre la cebada verde la hizo suya, con ansia, sin miramientos, sin saborear aquel cuerpo perfecto que despuntaba a mujer, tan solo con la satisfacción de haber conseguido lo que tanto había esperado.

Remedios ajustó sus ropas con vergüenza, de espaldas a él, esperando un tierno beso que nunca llegó, preguntándose porque las letras de los libros la habían engañado cuando le hablaban de la culminación del amor.

No supo nada de  Ramón durante el mes siguiente. Oyó un domingo a la salida de la Iglesia que su padre lo había enviado a gestionar unos negocios a la capital. Sus noches se tornaron largas esperando su regreso, atemorizada e ilusionada a la vez con la noticia que se alojaba en su vientre.

Salió de madrugada, a hurtadillas, cuando supo que estaba en casa, y debajo de su  ventana  comenzó a lanzar piedras tímidamente, hasta que la curiosidad de un Ramón a medio vestir, ceñido a la sombra de una mujer, pudo con él.

Su propio abrazo la envolvió y detuvo la sacudida de unas lágrimas que caían sin poder dominarlas, desbordadas en sus ojos heridos que miraban incrédulos aquella estampa.

Su pena tan sosegada, tan detenida y estática,  acabó conmoviendo al propio Ramón, que bajó a la calle con la camisa abierta y un  atisbo de remordimiento en su semblante.

La acunó entre sus brazos dando alas a un amor no correspondido, y allí, aferrada a la ilusión del momento, Remedios vendió su vida.

La boda se preparó apresuradamente para acallar los rumores, y vestida de blanco puro, recorrió erguida el pasillo de la Iglesia, su respiración engullida por las vendas que le recorrían pechos y barriga para disimular la falta cometida.

El novio la esperaba resignado y con la cabeza baja, solo elevada cuando el codo de su futura suegra se clavaba en su costado. Por un momento pensó que no había sido una equivocación, cuando la tuvo junto a él y su belleza le dio de golpe; cuando aquellos ojos negros, suplicantes y aún inocentes le miraron mendigando su amor. Pero a medida que la ceremonia avanzaba, la rabia recorría sus venas, por su juventud perdida y las oportunidades desperdiciadas, y el resentimiento venció a cualquier otro sentimiento que Ramón pudiera albergar.

La noche de bodas, Remedios la pasó limpiando los vómitos de su estrenado marido que se había bebido su furia con alguna gota de más de licor. La resaca le duró más de tres días, justo los que tenían de luna de miel. El cuarto día se plantó con una ira que le salía  desde las mismas entrañas, desgarrando las vestiduras de sumisión que le habían inculcado desde pequeña, frente al esposo somnoliento de ojos aun enrojecidos para exigir la cuota de amor que le correspondía. Solo obtuvo gritos  y un empujón incontrolado que lanzó su menudo cuerpo contra el piso. El dolor de la despedida atravesó su incipiente vientre, y la sangre comenzó a discurrir por sus muslos escribiendo con tinta roja un acta de defunción.

La culpa sustituyó al cariño, y en los años sucesivos reinó una calma relativa; falacias de sonrisas, fingidas conversaciones, sexo falsificado…

Ramón entregaba su placer fuera de casa, entre mujeres que lo aceptaban gustosas y otras que esperaban recompensa. Remedios solo se dejaba hacer, maldiciendo todo lo que había leído sobre el gozo y la satisfacción, sabiendo que jamás su cuerpo podría albergar otra vida.

El rencor retenido impregnaba las paredes de la casa, colándose ardiente hasta los pulmones. Ella se rebelaba con lecturas incesantes, él con humillaciones y prohibiciones absurdas, con bofetadas ocasionales que fueron transformándose en palizas habituales, día tras día, hasta sumar quince años perdidos en el calendario de la desidia.

El mes de junio se presentó con un viento incesante flagelando furioso todo lo que a su paso encontraba, trayendo aires de locura que enrarecían el ambiente.

Se calmó el día de la procesión a San Antonio, y tal había sido su azote, que la misa transcurrió entre gracias y alabanzas por el soleado día.

Remedios y Ramón esperaban a la puerta de casa el paso de la procesión, como era costumbre cada año.

Primero fue una ligera brisa, luego un aire molesto, y justo cuando el santo se detenía frente a las puertas de la casa blanca, el viento se enfureció de tal manera que la imagen comenzó a tambalearse. Pareciera como si San Antonio intentara retener al niño en sus brazos, pero aquel vendaval rebelde poseía tanta fuerza que arranco el brazo que sostenía al pequeño, que aterrizó justo en la cabeza de un atónito Ramón.

Y así de repentino como había venido, el viento se fue, dejando un silencio sepulcral por las calles del pueblo. El estupor había dejado mudos a todos, que inmóviles contemplaban a aquel hombre yaciendo muerto en la acera, sus brazos rodeando al niño que tapaba su cara como si le estuviera dando un beso de despedida.

Remedios, permanecía con la mirada fija, su pelo largo que siempre llevaba recogido, ahora suelto por su espalda, sus brazos caídos a ambos lados de sus costados.

Miró al cielo, y comenzó a reír; carcajadas que la doblaban, que llenaban sus ojos de lágrimas, que transformaban su cara en una mueca delirante.

Estaba totalmente enajenada, fuera de sí. Como si aquel breve huracán se hubiera llevado su cordura. Alzó sus ojos al cielo, y siguió riendo, pensando que la justicia divina era terriblemente sarcástica.

Con movimientos agitados comenzó a quitarse la ropa; la blusa la falda, la combinación…hasta quedar totalmente desnuda. Un cuerpo perfecto que durante años había escondido bajo ropas de vieja. Sus pechos que nunca llegaron a dar de mamar, erguidos y llenos, su vientre plano, sus piernas largas.

El instinto del pudor ajeno, hizo que alguien corriera a taparla, pero ella se deshizo de la prenda con violencia.

    ¿Qué miráis? — Grito a un pueblo boquiabierto.
    ¿Por qué os asombra tanto mi desnudez? Vosotros me habéis desnudado día tras día con vuestros comentarios, con vuestras lenguas que arrancaban los trajes de mi alma, con vuestra indiferencia y los buenos consejos de la resignación, esos que me dirigían a aguantar sin rechistar, porque es lo que una mujer debe hacer.

Les miró altiva y comenzó a caminar hacia la iglesia. Con agilidad subió al campanario, y con una fuerza inadecuada para su tamaño, comenzó a tañer las campanas como si  se tratara de un Domingo de Pascua.

El sacristán que la había visto pasar sin saber de quien se trataba, subió las escaleras de caracol cuando la incredulidad de tal visión le abandonó. Sus pupilas se dilataron  tragándose sus iris verdes, no por la luz de sol, sino para hacer sitio a la luminosidad que desprendía la mujer. Allí estaba, agarrada con firmeza a la soga que retenía las campanas de bronce, su cuerpo subía y bajaba al compás de los sonidos de resurrección, sus pechos pura melodía en ese inusitado baile, las hebras de su cabello negro retenidas en su cara por el sudor.

No quiso detenerla, y de pie con las manos enlazadas como si estuviera en oración, se quedó contemplando aquella danza magnífica, atronadora y trastornada.

Veinte minutos duró el improvisado concierto. Remedios, jadeante, soltó la cuerda y miró sus manos ensangrentadas que no le producían ningún dolor.

A través de la ojiva de la Iglesia, vislumbró el mar que se confundía con el horizonte, aquel mar que la había acompañado en sus soledades y en el que se bautizaba casi a diario para renovar una fe caduca  y cada vez más difícil de mantener.

Bajó despacio, deteniéndose en cada escalón, y al llegar al Altar Mayor se arrodilló ante una Virgen que la miraba comprensiva, ambas unidas por la pérdida de un hijo, por la aceptación de una causa mayor a ellas, de porqués indefinidos solo resueltos cuando Dios quisiera.

El murmullo de la gente acompañó sus pasos, y sin dudar se dirigió a la playa. Dejó que la brisa húmeda acariciara su piel, que el romper de las olas acallará sus pensamientos, que la  arena la rozara con sus  granos blancos…Y el mar bañó sus pies, los lamió, los arrulló, los besó, y era tan intensas las sensaciones que le proporcionaban, tan llenas de felicidad y sosiego, que se fue adentrando un poco más, sólo un poco más, hasta que lo único que se divisaba era su melena negra flotando en el agua, tiñendo de negro el oleaje azul.


Unos dicen que murió, otros que fue rescatada por un barco de pescadores, algunos hasta aseguraban haberla visto vagar por las noches en los alrededores de su casa. Remedios, aquella mujer de inquietudes desbordantes, de sumisiones a base de palos, callada e insignificante, se había convertido en leyenda.
Tal vez no sobrevivió, tal vez su espíritu esté buscando su sitio, o quizás viva como realmente quería en otro lugar. Lo que si es cierto, es que ese trece de junio, Remedios Azcárate por fin fue libre.


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