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TRES CAPÍTULOS DEL RELATO, AHORA SÉ, QUE LA NADA LO ERA TODO.

Como se está haciendo más largo de lo que yo esperaba, he decidido ir publicando los capítulos del relato que estoy escribiendo.
La idea surgió de un poema de Jose Hierro, y una conversación sobre que sentido me parecía mas importante. A través de esta historia, me estoy dando cuenta de que todos son fundamentales, y que la falta de uno solo de ellos  nos priva de sensaciones esenciales.
Ya me contareis que os parece.
VIDA

Después de todo, todo ha sido nada
a pesar de que un día lo fue todo
Después de nada, o después de todo
Supe que todo no era más que nada

Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada! Y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada)

Que más da que la nada fuera nada
si más nada, será después de todo,
Después de tanto todo para nada.

Jose Hierro  (de Cuaderno de Nueva York) 

       
AHORA SÉ, QUE LA NADA LO ERA TODO







1

No soy nada. Solo un cuerpo que alberga recuerdos que no dejan de sucederse una y otra vez por mi mente exhausta.
Únicamente el tacto permanece en mí, dejando que las terminaciones nerviosas de mi piel lleven veloces a mi cerebro un dolor que no cesa.
Cortes, golpes, magulladuras…sobrevienen sin poder evitarlas. No poseo ningún sentido que las aparte.
No puedo ver. No puedo oír. No puedo oler. No puedo degustar.
Quiero gritar mi desgracia para que vengan en mi auxilio, pero mi voz se esconde en mis entrañas, muy hondo, profundo, entre las vísceras de mis remordimientos.

Daría lo que fuera por contemplar las paredes que me golpean; por distinguir de nuevo el día de la noche; por zafarme de esta eterna oscuridad que me aterroriza.

¿Qué puedo ofrecer? La nada no tiene nada. Tan solo esta maldita memoria que me atormenta. Recuerdos que maldigo y a la vez atesoro. Lo son todo dentro de mi nada, y gustoso los ofrecería a cambio de una claridad ya enterrada.

Unas manos que no conozco me sujetan .Perforan mi piel con olvidos.
Me dejo caer, me deslizo entre silencios, a través de remembranzas hechas ecos.

Nada.


Furioso, el aire entra en mis pulmones. Me levanta del suelo. Boqueo como un pez agónico, aún sabiendo que mis células atrapan ávidas el oxígeno.
Nazco por segunda vez y abro los ojos, que incrédulos miran a su alrededor. Contemplo, observo, examino. Veo de nuevo.

Yazgo en un suelo abandonado, rodeado de miserias de los que antes en él reposaron.
Se que el tiempo se acaba. El cordón umbilical que me ata a mi memoria debe ser cortado. Ese es el trato.

El reflejo de mi rostro en la ventana se difumina, apenas lo reconozco.
Mi nombre, mi nombre, mi nombre…ese no quiero perderlo.
Con urgencia, arranco una astilla de la mesa y escribo con ella en la palma de mi mano. Daniel.
Gotas de sangre dibujan el suelo, no siento el dolor. Las fuerzas flaquean. Me entrego al abandono.

Elegí olvidar.


2

Dos veces por semana, Samuel, recorre andando los dos kilómetros que separan su casa del comedor social. Durante el trayecto, no hay ni un solo día que no recuerde como llegó allí.
La borrachera que duraba ya tres días, el robo del coche, el accidente… Todos salieron a la carrera y le dejaron solo con la policía.
El juez se portó bastante bien, dadas las circunstancias. Un año de trabajos comunitarios y la obligación de ir a dormir a la cárcel.

De eso hace ya más de cinco años, y las cosas han cambiado mucho desde entonces.
Ya no están los amigos de juergas, ni las mañanas en las que se despertaba sin saber que había ocurrido la noche anterior.
Aquel traspiés juvenil, dio paso a una carrera en arquitectura casi terminada, a labores sociales que ahora hace de forma voluntaria, a crecer, a madurar, a vivir la realidad.

Se quita los auriculares, la voz de Norah Jones se apaga lentamente. Guarda el iPod en su mochila raída, y la descuelga con rapidez por sus brazos firmes mientras abre la puerta.

Los ruidos de la cocina le saludan; ollas que se apartan del fuego, el sonido del aceite que recibe nuevos huéspedes, tintineos de platos y vasos que se posan en las mesas…
En media hora el comedor estará lleno. Dos turnos de cincuenta personas que a diario buscan un plato caliente.
Mendigos, vagabundos, indigentes…esos son los primeros en llegar. Llevan horas haciendo cola para entrar y la mayoría son habituales.
El segundo turno coincide con la salida del colegio. Son los nuevos pobres. Gente de clase media que perdió su trabajo, menos ingresos y los mismos gastos. El dinero no da para más. Llegan familias enteras, con niños y mochilas, avergonzados en muchos casos por tener que aceptar una limosna. Nadie les preparó para este mal trago.
Samuel deja sus bártulos y se dispone a llenar los vasos y repartir el pan. Ya no hace falta que le digan lo que tiene que hacer. El trabajo se ha ido repartiendo de forma natural y todos saben cual es su cometido.

Se abren las puertas y la gente entra ordenadamente. Maria, una puta sin dientes que ya no tiene cuerpo que ofrecer; Pipo, alcohólico y ludópata, con la foto de su familia prendida en su chaqueta; Juan, un veterano de las calles, del que dicen que fue un músico famoso… Cientos de historias distintas con un mismo final.

Lo sorprendente del día es ver a Daniel en este turno. Siempre aparece en el siguiente y se sienta en el mismo rincón. Busca con la mirada su sitio, pero ya está ocupado.
Permanece de pie y su cuerpo se balancea con los empujones de los rezagados.

Samuel sale en su ayuda. Le toca ligeramente el hombro para que sepa que está allí.
Daniel es sordomudo, sufre anosmia y ageusia, un caso rarísimo con el que algún médico se pondría las botas investigando.

—En esa esquina queda una silla libre— Samuel le habla mirándole a la cara para que pueda leer sus labios.

Con la rapidez que solo dan los años de práctica, Daniel garabatea en su libreta.

Gracias.

Una vez sentado, el mismo ritual. Coloca con precisión los cubiertos, acerca el plato, sitúa el pan a la izquierda, a la altura del vaso, y por último se coloca elegantemente la servilleta. La única licencia que se permite, es poner su cuaderno y su bolígrafo en una esquina de la mesa.

El voluntario no deja de maravillarse ante ese rito que desentona con el lugar, al igual que sus maneras al comer chocan con escandalosos sorbidos y conversaciones con la boca llena.

Cuando la comida llega a su fin, Daniel se acerca tímido al mostrador y le hace un gesto a Samuel para que se acerque.

¿A qué hora terminas?

Samuel le mira sorprendido, nunca antes había iniciado una conversación.

—Sobre las cuatro y media. ¿Por qué?

Al tipo de la tienda de fotografías le gustan las que yo hice. Me ha pedido unas pruebas para la portada de un libro, pero necesito un modelo.

Levantan sus cabezas y se miran directamente a los ojos. Uno preguntándose si ha hecho bien en pedir ayuda. El otro sopesando si debe ofrecerla.

—¿Y piensas sacar las fotos con esa cámara?—le dice señalando una golpeada máquina digital que apenas cabe en la mano.

Daniel escribe con una mueca en sus labios que intenta ser una sonrisa.

Lo haré con esto.

De su bolsa sale una Nikon D700 nueva, y varios objetivos que no podría comprar ni ahorrando el sueldo de todo un año.

—¡Vaya! Eso parece muy caro, y perdona, pero no me parece que andes muy bien de pasta.

Mejor no preguntes… ¿Te vienes? Las haré en el parque. Solo necesito tu espalda.

Samuel duda, baja su cabeza, no sabe que hacer. En ese preciso instante, después de cinco años, se da cuenta que es un completo ignorante de ese mundo paralelo con el que convive.
Sabe de repartir comida; de seleccionar ropa para otros; de llevar bocadillos en las madrugadas…no sabe nada más.
Nunca paso una noche al raso con ellos, ni los vio pelearse. No sabe lo que es sumergirse en el descanso del sueño tras beber una botella de vino barato. No conoce lo que se puede llegar a hacer por una dosis. No sabe más que el que escucha las historias de la calle en un reportaje de televisión.

Y de Daniel, ¿qué sabe de Daniel? Que los martes y jueves come caliente y que parece educado. También Jack el Destripador era atento y cortés. ¿Cómo consiguió la cámara? ¿Dónde duerme? ¿Por qué está en la calle?
Puede ser un psicópata o un hombre con mala suerte, tal vez ambas cosas, o quizás ninguna.

Daniel espera paciente a que termine la diatriba mental, apoyado contra la pared, poniéndose en su lugar. Finalmente, sus ojos se encuentran de nuevo.

¿Ya dejaste de tenerme miedo?¿ O esta es la parte en la que sales corriendo?

Su cara no ha llegado a ponerse roja, pero nota como el calor le sube hasta las orejas al comprobar lo obvios que han sido sus pensamientos.

—Espero no equivocarme, sobre todo porque tengo mi último examen el viernes, y ya sabes….Tan siquiera morir con un título.

Por primera vez le ve sonreír. La piel curtida que dibuja finas líneas alrededor de su mirada, le hacen parecer muy común. Sus vaqueros, la camiseta, las bambas negras, le sitúan en torno a los veintisiete. Uno más entre la gente corriente, si no fuera por ese magnetismo que desprende, por la inquietud que provoca, por el misterio que incita a desenterrar verdades.

—Te espero a las cinco junto a los bancos de la fuente.
Como respuesta, un OK dibujado con sus dedos. Se gira y traspasa la puerta. No hay vuelta atrás.



3

Daniel odia la noche. Odia la oscuridad que la acompaña. Esa es la razón por la que sus pasos se atropellan en un vano intento por no echar a correr.

No entiende ese temor que le recorre, que le encoge el estómago hasta provocar náuseas. Solo sabe que esta ahí y por mucho que lo intente no desaparece.
Atravesar ese callejón sin farolas es lo más difícil del día, por eso cuando ve la primera luz arrojando sombras sobre los sucios adoquines, su respiración se vuelve acompasada, su cuerpo deja de temblar, y puede por fin pensar.

Se para y mira hacia atrás, casi orgulloso de su proeza, vencedor de dragones internos.
Sus pasos ahora lentos, le llevan a la que es su casa desde hace un par de años.

No podría vivir en el lugar en el que apareció, sin más, un día de verano. Aún guarda esa sensación de ahogo, como si una mano tapara su boca, negándole el aire, jugando con él.
Y despertar… sentir una alegría incomprendida al ver, rodeada de un silencio perfecto, ausente de aromas.
Se dio cuenta cuando pudo incorporarse y comprobó sus ropas sucias manchadas de orines de otros, de excrementos de ratas, de deshechos extraños. Tendrían que oler mal, pero aunque inspiró con fuerza ningún olor llegó a su nariz.
Lo mismo ocurrió con los sonidos. Absolutamente ninguno. Golpeó una lata vacía contra la pared y el impacto no le devolvió ningún ruido.
Tenía conciencia de que no podía hablar, simplemente lo sabía, no necesitaba ninguna confirmación.

Confundido, miró su rostro en un trozo de espejo que encontró en el suelo, y no supo quien le observaba desde el otro lado. En realidad, no sabía como había llegado allí y porqué, no tenía ningún recuerdo, ni siquiera su nombre. En su mano una cicatriz con una sola palabra, Daniel.

Permaneció varias horas allí sentado, en ese edificio en ruinas, ignorando el hambre y la sed hasta que la noche comenzó a caer. A medida que las luces del día iban desapareciendo, su angustia crecía. Un miedo incontrolable se apoderó de él. Comenzó a correr en busca de una salida sin encontrar ninguna. La oscuridad le perseguía, rozaba sus talones intentando engullirle. Encontró una vía de escape en una ventana desvencijada. Sin pensarlo dos veces se lanzó por ella, dándose cuenta de lo que había hecho cuando su cuerpo golpeó el cemento, pero ya era tarde.

Despertó limpio y aseado en lo que reconoció como la cama de un hospital. Tenía un pequeño vendaje en la cabeza, y unos cuantos cardenales en su cuerpo.
Aprovechando que su compañero de habitación no estaba, tomo prestadas su ropas del armario y se fue.

Caminó por una ciudad que no conocía, consciente de que tenía que buscar un lugar para dormir, y sus pasos le fueron guiando hasta un antiguo barrio marginal lleno de putas, chaperos y drogadictos. No le pareció un mal lugar, quizás él fuera sin saberlo uno de ellos. Allí no se hacían preguntas, no se juzgaba a nadie, todos eran el resultado inevitable de sus propias tragedias.

Se enamoró de esas casas viejas, con azoteas que enlazaban unas con otras formando un mirador excepcional sobre los tejados de la ciudad, con las montañas al fondo.
Y allí se instaló, en una de esas terrazas que le permitían contemplar un mar de cubiertas y chimeneas, sin paredes, sin sombras, tan solo espacio que le permitía respirar.

Aprendió a caminar entre los techos, apropiándose de sábanas y ropas que secaban en los tendales, y poco a poco se fue haciendo con lo más básico para subsistir.
Ahora ya estaba curtido en las artimañas del robo, en los escapes de las situaciones incómodas, y cierta tranquilidad reinaba en su vida.

Empuñando una linterna, subió con ligereza las escaleras hasta llegar a su casa. Sacó sus cosas, que durante el día permanecían escondidas de manos ajenas, y se preparó para pasar la noche.
Los destellos de una vieja tele en el edificio de enfrente, le acompañaban hasta el amanecer .El hombre del tiempo auguraba un buen día para mañana, y Daniel divertido, le saludó desde su azotea, agradecido con él por su pronostico y por su buena vocalización, ya que fue observándole a él como ejercitó su habilidad para leer los labios.

Su memoria selectiva y caprichosa, le revelaba en pequeñas dosis cosas que sabía hacer. Escribir, leer, como comportarse en la mesa, como entender otro idioma…pero lo que más le sorprendió fue reconocer su fascinación por la fotografía. Allí, desde lo alto, supo instintivamente que encuadre debía tener aquel magnifico paisaje urbano, cual era la luz adecuada, con que objetivo debería trabajar .Se hizo con una destartalada cámara digital que le compró por cuatro perras a un yonki desesperado. Comenzó a hacer fotografías hasta que la memoria se llenó, y utilizando el dinero que ganaba con el reparto de publicidad, recaló en la tienda que estaba cerca del comedor donde iba a revelarlas.

El propietario quedó impresionado con aquellas obras de arte, hechas con mucho talento y sin ningún medio. Le ofreció la posibilidad de hacer algún que otro trabajo, siempre y cuando consiguiera una cámara mejor.
Esa fue su obsesión durante varias semanas, sin encontrar la manera de conseguir el dinero para poder comprarla.

Cuando regresaba a casa los jueves, un hombre siempre se le insinuaba, mirándole goloso, cada vez más frustrado por no poder conseguirlo. La cantidad iba subiendo en función de los días, y Daniel lo sabía. No era guapo, pero tenía algo que atraía a los hombres. Puede que fuera su indiferencia, o ese aire de superioridad que aún conservaba a pesar de las circunstancias o puede que un mutismo involuntario que le hacía parecer aún más interesante. Jugó con esa ventaja y dejó que el deseo fuera creciendo en el desconocido.
Cuando el fajo de billetes había crecido lo suficiente, claudicó.
Fue más fácil de lo que esperaba. La falta de sentidos sirvió de ayuda.
Bajó la cremallera de los pantalones sin apartar los ojos de su cliente. Si él no se avergonzaba por pagar este servicio, tampoco él se avergonzaría por brindarlo.
Debajo de sus calzoncillos el miembro ya estaba erecto, expectante, tal y como le indicaba la insinuación de sus caderas. Lo acarició un par de veces y notó la respuesta en su mano. Sin más preámbulos lo metió en su boca y comenzó a chupar. No podía oír sus gemidos, pero su cuerpo hablaba por él, al igual que lo hacían sus manos a ambos lados de la cabeza, marcando el ritmo que le gustaba.
Seguía lamiendo con su insípida lengua, trazando caminos con su saliva. Al enterrar su cara tampoco fue capaz de percibir su olor, y por alguna extraña razón agradeció esa ausencia, no por el acto en sí que estaba realizando, sino porque se encontró saturado de efluvios y sabores pasados que de repente le venían a la mente.

Un dolor punzante se instaló en sus sienes obligándole a parar. Las manos le empujaban de nuevo hacia delante, y esa felación se convirtió en otras muchas que pasaban como relámpagos por su memoria. No veía los rostros porque jamás se detuvo a contemplarlos, pero si podía sentir su boca en aquellos cuerpos, la boca de otros acariciándole, no por dinero, ni siquiera por placer.

Sus manos firmes agarraban las nalgas del hombre, sintió como se tensaban y se apartó, dejando que su mano realizara movimientos rápidos para que al fin le llegara la liberación. El semen salpicó su cara y ensució su mano, y presintió un súbito asco que no provenía de esa secreción, sino de las imágenes que se negaban a abandonar su atormentada cabeza.

Se levantó despacio, frotando sus rodillas marcadas por el suelo, dando tiempo al hombre para que se vistiera. Esperó a que sacara su cartera y extendió su mano para recibir el dinero. Cuando lo tuvo, comenzó a caminar, pero una mano en el hombro le detuvo.

— Yo vengo aquí dos o tres veces por semana. No quiero nada más que esto. Si estás interesado ya sabes por dónde ando.

Daniel cerró con fuerza el puño, arrugando los billetes que acaba de recibir. Asintió con la cabeza a la vez que hacía un rápido cálculo mental. Si aguantaba un par de meses tendría la cámara, ya vería la manera de conseguir los objetivos.

Tres veces por semana se encontraba con él en el mismo callejón, y aguantó sin pensar lo que hacía, con la única meta de conseguir su propósito. Cuando tuvo el dinero suficiente dejó de ir, modificando la ruta que hacía para llegar a su casa, pasando entre esas sombras que le atemorizaban, solo para no encontrarse con él.

Sentado en el desguazado colchón que cubría a diario con sábanas limpias, repasó las fotos que había hecho esa tarde en el parque, negándose a recordar como había conseguido la cámara, expulsando esa película intermitente de tiempos que no recordaba, que se proyectaba a su antojo en su frágil memoria.

Samuel le miraba desde la pantalla en unas fotos robadas. Le había asegurado que su rostro no sería publicado, pero no pudo evitar quedarse con su imagen para él.
A veces le sonreía revelando un pequeño hoyuelo en su mejilla derecha, otras estaba pensativo, con un característico mohín en sus labios que ya conocía. Sus ojos tenían el color de la miel en una concordancia perfecta con su pelo castaño.
¿Qué edad tendría? Posiblemente unos veinticinco, llenos de vivencias, de futuro.
La envidia de no saber lo que había tenido ni de lo que iba a tener, le recorrió la espalda a través de un escalofrío, y deseó por un momento ser Samuel, hacerse brisa y filtrarse a través de su nariz para poder oler los perfumes del día, colarse en sus oídos y escuchar miles de voces, posarse en sus labios y convertirse en palabra.

Él lo era todo, porque todo sentía, frente a su nada de desaparecidas sensaciones.

Sus dedos tocaron su cara a través del frío cristal, agudizando su tacto que hería mas que consolaba. Lo sintió prohibido, entendiendo la distancia que debería mediar entre ellos, advirtiendo ambiguamente un castigo próximo.
¿Era su vida una penitencia por lo errores cometidos en un pasado que no alcanzaba a rememorar?

Quizás aún tuviera una oportunidad.

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7 comentarios:

Roskyy dijo...

La verdad Como te comente una vez aterrice de chiripa en tu pagina y me gusto y la seguí, no había leído muchos relatos H, no se todavía me encuentro algo extraño. Pero tu relato es muy bueno te engancha, sabes donde dejar el suspense , la introducción buenísima. me lo leeré. Gracias.

Elo dijo...

Gracias a ti, cuando lo termines de leer ya me dirás lo que te pareció.
Ten cuidado con este género, engancha:)

isolde dijo...

Me has dejado totalmente hechizada, lo he leido de un tirón, y con ganas de más. Escribes realmente bien,tus descripciones rayando la perfección.Besines

Cuquisev dijo...

Como decir que me ha gustado? Es tan dificil transmitir exactamente lo que tus escritos nos hace sentir...y en este es sensacional,sin duda.
Me quedo esperandolo,queriendo saborear... si porque los sentidos aqui se limitan tambien, pero solo la vista en lo escrito nos hace usar todos los demas....tacto,gusto,olor,e incluso oido...y eso solo evocando.Animo.Está genial.

Elo dijo...

Iso y Cuq,gracias por tener siempre una palabras bonitas para mi, así dan muchas ganas de continuar.

Cuq, eres un crack, en el tercer capítulo el nombre estaba cambiado, es a Daniel al que no le gusta la noche.
CORREGIDO

Besotes

Marcos Dk dijo...

Me ha pasado como a Isolde: lo he tenido que leer de un tirón porque no podía dejarlo. No quiero perderme tus historias así es que te apunto a los blogs que sigo. Tengo mucho para leer y poco tiempo para hacerlo así es que te ruego paciencia por mis tardios comentarios, pero llegarán.

Aurora dijo...

Qué buen relato, Elo. Me has alegrado la tarde, me ha gustado mucho y espero leer más.

Un abrazo