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NO ESTOY EN CRISIS



Vivimos estereotipados y anclados a frases hechas. Hay una que me hace mucha gracia y es aquella que habla de la crisis de los cuarenta.
Os voy a confesar algo, he  llegado a tan temida edad y no estoy crisis. De hecho creo que estoy en un punto álgido de mi vida.
No tengo nostalgia de mi adolescencia, parte de la vida que considero como una enfermedad necesaria de pasar, ni tampoco de mis veinte años, donde la realidad transitaba de puntillas por mi vida. Los treinta me golpearon con más fuerza, porque pude al fin disponer de toda mi experiencia para llevar a cabo las expectativas que había ido acumulando a lo largo de mis años, con total aceptación de las consecuencias que me iban a acarrear.
Llegados a los cuarenta, he sido capaz por fin de asumir los errores que espero no volver cometer, y los errores nuevos que estoy ansiosa por descubrir.
Esa cifra tan odiada por algunos y hasta innombrable para otros, se ha instalado con una fuerza arrolladora dejando paso a unas ganas renovadas, que nada tienen que ver con unas ganas inexpertas.
Se lo que es comerme el mundo de un solo bocado,sacudiéndome las migas del mañana que no importa,esas migas que ahora recojo cautelosa , a sabiendas que si comes más despacio la digestión de la vida es más ligera.
He aprendido del primer beso, el del desconocimiento,del desamor de la primera vez, de las promesas ante un altar convertidas en abismos de rutina, del sexo sin ganas que da paso a la pasión de conocerte de nuevo en brazos distintos, de la ignorancia de la culpa travestida en golpes de pecho ocultando la libertad.
Ni la crisis mundial, ni los cambios de ciudad, ni el reciclaje laboral, ni la pérdida de estatus económico han podido conmigo.
Soy la superviviente de los años jóvenes que transita en una joven madurez, donde puedo por fin ver el reflejo nítido de mi persona.
Mi cuerpo que ha recibido los golpes de los años,ha dejado de tener miedo.Y yo con él.
Camino sosegada entre la impaciencia de lo inmediato que antes tanto me preocupaba.Me he convertido en maestra de vida  y espectadora anhelante de lo que está por venir , a través de la mirada de un niño.
Soy lo que quiero, lo que me han dejado ser y en lo que me quiero convertir.

Soy sin lugar a dudas, una mujer de cuarenta que goza del privilegio de la libertad, del derecho de aprender, de las ganas de enseñar y de la vitalidad de vivir.


No estoy en crisis, he llegado al campo base de una cima más que he conquistado, preparada para seguir escalando sin descanso.
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DESCONEXIÓN PERMANENTE

No sé si los años dan sabiduría o tienden a hacernos “desaprender”.
Cuando todas tus experiencias, esas que te dejan marcado, se convierten en recuerdos que solo añoras porque cualquier tiempo pasado fue mejor, tiendes a bucear en lo nuevo, en aquello que antes te parecía inimaginable.
No creáis por mis palabras que ya lo tengo todo vivido o que mi edad supera mucho más a la vuestra, auque si he de confesar que dejé hace algunos años la treintena.

En todos esos pasos que he dado, topé de bruces con las redes sociales. Hasta ese momento nunca me habían interesado. Inmersa en una rutina desbocada, sin tiempo ni para mirarme en un espejo, mi necesidad de expresarme pasó a un segundo plano.
Pero como la vida es así de perra, que te descoloca y zarandea, casi de la noche a la mañana me encontré con un exceso de tiempo, un ordenador y una red de ADSL.
Así entré en el mundo de experiencias compartidas, con conocidos y extraños.
Primero fueron comentarios en un blog, luego mi propio blog, Messenger (que época aquella), facebook y por último twitter.

Twitter fue un descubrimiento tardío y tímido. Me atrajo su inmediatez, la pérdida de tus ciento cuarenta caracteres en un Time Line que los absorbe con tal rapidez, que pasan a ser un destello, la oportunidad de expresar un gran pensamiento en un par de frases que obligan a reflexionar y a reir.

¿Quiénes estamos en twitter? ¿Qué hacemos en ese mundo paralelo? Y no hablo de los “tuitstar”, ni de aquellos que promocionan algo, hablo de los pocosfollowers sin pretensiones.
Uno de los últimos tuits que leí decía “Tuiteamos los que no tenemos a quien escribir”
Gran verdad en pocas palabras, y si nuestra mayor parte del tiempo la pasamos metidos en ese mundo, es tiempo que no dedicamos al real.
Hacemos saber el olor de la gente que está en el metro, nuestro desayuno, comida y cena,si nuestra visita al baño fue fructífera, nuestra rabia y nuestra alegría.
Seguramente cada tuitero tenga sus propias razones, las mías, sin duda, no son más que poder contar las muchas cosas que me callo. Y esa mujer a la que alguien lee, es la misma que vive en el planeta Tierra, solo que la mayoría de las veces nadie la escucha, y si lo hacen, no puede permitirse el lujo de sacar fuera todo lo que lleva dentro, porque los tsunamis destruyen y arrasan, y mi tsunami interior está enfurecido por muchas causas.

Y así acabas lanzando mensajes a quien no te lee, un desahogo breve, rápido e instintivo, que provoca una sensación de paz seguida a veces de una dolorosa soledad.
Durante todo ese proceso, comienzas a interactuar, a ver personas detrás de los avatares, a veces con vidas muy similares a la tuya, y en otras ocasiones totalmente dispares.
Hoy un FAV, mañana un RT, pasado un DM….y esa cuenta tiene un nombre, y resurge en tu interior la idea de una amistad porque sabe de lo que le hablas, porque está disponible cuando tu también lo estas, porque hay “algo” que compartes.
Sí, lo sé, también lo puedo encontrar en mi día a día, pero mis momentos para hacerlo ya han sobrepasado la noche, o estoy metida en un autobús camino de casa, trabajando, o enfrascada en la rutina que toca,  y mi cabeza solo para cuando todo esta hecho, cuando solo hay una luz encendida en casa, cuando tengo esa media hora de silencio.

Twitter te proporciona una conexión permanente, que te produce una desconexión perpetua. Una irrealidad de cosas que empiezan a importarte y que realmente no importan. Te encuentras con quien da la cara, con quien como tú se escoden tras otra imagen, con quienes hacen suya una personalidad que no les corresponde, y al final es el juego del quien es quien de ínfulas paranoicas.
Deberíamos tomarnos ese saco sin fondo de palabras perdidas como lo que es. El lugar para vomitar lo que nos hace daño, el de las risas que aflojan nudos en la garganta, el de las reflexiones feroces, el  de los deseos contenidos y también el de los desatados, pero con la importancia de la desaparición inmediata. Del estoy hoy pero ya me cansé para mañana, del de te escupo, porque aquí no eres persona, y te halago porque te idealizo, del hoy te busco pero si desapareces me olvido.

Expresémonos, sacudámonos, gritemos y lloremos, riamos a carcajada limpia….y descansemos cuando es mundo de los ciento cuarenta caracteres sea más importante que en el que vivimos.
Solo importa si tú le das importancia.


@casi_gato
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FUERA DE MÍ, DENTRO DE TI

QUIQUE

A las siete y media de la mañana, no suelo encontrarme con mucho tráfico en la carretera comarcal que me lleva a mi trabajo.
El coche da pequeños botes al pisar los baches, siguiendo el ritmo de la música que suena en la radio. El paisaje es árido y anodino hasta llegar a la entrada de la Clínica Babel.
Parado ante el portón de seguridad, mientras espero a que el guardia de seguridad confirme mi acreditación, no puedo dejar de mirar el cartel con cierta ironía.
El doctor Velasco, tenía sin duda un extraño sentido del humor al nombrar así a un sanatorio mental. O quizás fue un acierto, el que no entendamos a todos los que allí habitan, puede que se deba a que hablan distintos idiomas que no conocemos.

Cerca de dos kilómetros separan la puerta de entrada del edificio principal. Nada que ver ese paisaje que ahora recorro, con lo que veo a diario desde las ventanillas de mi coche. Arboledas de hace más de cincuenta años, que se van espaciando a medida que avanzo, conviven con un jardín cuidado con demasiado esmero. Tanto que parece irreal.
El camino se desvía hacia la izquierda hasta llegar a la parte trasera, donde el parking me espera sin bienvenidas.

Dos años llevo aquí de celador, los mismos que  Martina, la paciente a la que voy a buscar.
La variedad de “clientes” de este lugar no es mucha. La clínica fue en sus inicios una casa de reposo para curar ansiedades y demás afecciones nerviosas de la clase alta.
Hoy podríamos decir que se encarga de lo mismo. El dinero sirve para buscar la felicidad en multitud de formas, pero la felicidad, esa puta con principios que no se sabe a que clase pertenece, no suele venderse a no ser que ella quiera .Es selectiva y caprichosa. Por mucho que la agasajes, la busques creyendo encontrarla en banalidades, solo hace acto de presencia cuando lo considera oportuno. De ahí que sea tan fugaz y poco constante.
Muchos de los rostros que veo en mis turnos, los he ojeado antes en revistas y en periódicos. Otros no dejan ver sus caras, pero sus apellidos los delatan. Pero una cosa esta clara, todos están aquí porque se perdieron en el ambicioso viaje en busca de la felicidad.

Martina, es un caso curioso. Pertenece a una familia de clase media, padre cajero de un banco y madre contable en una asesoría. No tiene hermanos, ni amigos, al menos ninguno que la venga a visitar.
Su padre vendió una tierra durante la bonanza  de la construcción, pero mientras ingresaba el dinero en su banco, no llegó a imaginar que sería usado para pagar el tratamiento de su hija.
No hubo un periplo de clínicas hasta acabar aquí. Fue la primera que eligieron por recomendación de su jefe, —la mejor — le dijo, sin acabar de revelarle el secreto de su conocimiento, que no era otro que el ingreso de su mujer tras una crisis de ansiedad, al conocer la relación extramatrimonial de su marido con la joven camarera de la cafetería de al lado. La buena señora se ha aficionado a las estancias periódicas en este lugar. Para ella, la felicidad mora aquí.

Martina tiene veinte años, una melena lacia y negra que sobrepasa los hombros, y que le recogen a diario en una coleta baja con una goma del mismo color.
Ha adelgazado desde que entró. En su primer día traía consigo unas curvas impecables. Cintura no demasiado pequeña, caderas que encajaban a la perfección en sus vaqueros de tiro bajo, y pechos pequeños, escondidos tras un sujetador con relleno que se intuía bajo la camiseta desgastada de mercadillo.
Lo que más llama la atención en su rostro menudo de nariz pequeña, son sus ojos. Los enmarcan unas pestañas tupidas y largas  que los hacen aún más atrayentes. Oscuros y muy abiertos solo miran hacia un lugar que no debe encontrase aquí.

A escondidas leo los historiales, no para revelárselos a nadie, tan solo por la curiosidad de saber que sucesos trastornan la vida de las personas, hasta llegar al retiro de la cotidianidad a la que más tarde regresan.
De ella se revelaba la progresión de una apatía. Dejó el equipo de balonmano, más tarde dejó de salir con sus amigos, sus frases se convirtieron en monosílabos, y un día entró en su habitación y no regresó. Y digo que no regresó, porque estoy plenamente convencido que emigró hacia otro espacio.
Aquel día no dio las buenas noches. Se oyó la puerta al cerrarse y ni un ruido más. Era viernes. Sus padres fueron al trabajo, y no volvieron hasta las tres de la madrugada tras una cena. No se les ocurrió mirar en su cuarto hasta la hora de comer del día siguiente.
Martina permanecía sentada en una silla frente a la ventana. Inmóvil, sin parpadear. El único acto mecánico al que respondía era al de la respiración. No volvió a hablar, ni a comer salvo que le pusieran la comida en la boca. La duchaban, la vestían, e incluso con regularidad la sentaban en el baño.
Se convirtió en un cuerpo dirigido y ausente, atrapada o puede que liberada de este mundo. Y así llegó aquí, como una bella marioneta accionada por los hilos de la rutina.

Me gusta el turno de la mañana porque me da más tempo para estar con ella. No hay interrupciones, ni voces en los pasillos. Una auxiliar le daba el desayuno en la habitación antes de ir  a la consulta, de forma apresurada y sin delicadeza. Yo me ofrecí a hacerlo por ella y no puso ninguna objeción. Da igual lo que le lleves, zumo, café con leche, galletas o tostadas. Se limita abrir la boca y a masticar.
Me siento frente a ella e intento que sus ojos se centren en los míos, mientras le cuento historias. Historias de la clínica, de mi familia, de mi vida… mi propia terapia de desahogo sin respuesta, pero nunca sus ojos me miran.
Aquel día quedó una miga en la comisura de su boca, y mi dedo la recogió sin intención. Estaba tibia, suave en la quietud de ese rictus perenne. Mi palma descansó sobre su rostro y de forma natural el peso de su cara reposó ladeado sobre mi mano.
Me dejó entrar. Entornó esa puerta cerrada a través de su mirada, y sentí como era transportado hacia su nuevo hogar.
Un túnel laberíntico y en  penumbra me recibió, fascinante, tentador, sugestivo.
Pude darme la vuelta, noté la opción de esa última decisión, pero no eché la vista atrás.
Caminé, pausadamente, observando, recordando, cada vez más alejado de mí. Cada vez más feliz.
  

MARTINA


Desde este lugar no tengo una noción del tiempo real. No se si han transcurrido unas horas, unos minutos o unos días. Carece de importancia. Por ese motivo no se cuando llegué, aunque si la razón de estar aquí.
Mi cabeza ha sido siempre mi refugio. Es casa ante cualquier vicisitud. Para las alegrías contenidas, para las humillaciones sin alegaciones, para esconderse de las conversaciones, para los planes ocultos, para las canciones con significado. Es una mansión al gusto, con días en los que funciona la luz y otros en que las tormentas la apagan. Todos disponemos de esa guarida a la que echamos mano de manera inconsciente.

Las visitas a mi interior se podrían consideran de una frecuencia rozando la media. O así lo creía. A la vista de los demás debían ser más habituales, teniendo en cuenta las acusaciones de tímida e introvertida que tiraban a mi paso.
Yo no elegí ser así, no pedí desde el útero materno la imposibilidad de socializar, ni tampoco la virtud de esconderme en mis pensamientos.
Escucho, observo, analizo, pero mis palabras no son capaces de dirigirse a mi boca para expresar todo lo que quiero contar. Ese preciso instante  donde sin miramientos todo debía revelarse se volvía contra mí.
Dos pares de ojos por cuatro personas, suman ocho miradas inquisitorias. Te examinan, te descomponen, te individualizan, ves su respuesta corporal defensiva ante una contestación no pronunciada. Mil milisegundos bastan para que aquello que no sabes que van a decir comience a importarte. Es un reflejo imparable que te paraliza. La ansiedad te hace prisionera, la angustia se adueña de tu persona, la sangre se dirige sin control hacia la cara, y cuando haces acopio de un valor que no tienes, las palabras salen dándose codazos unas a otras en un tartamudeo grotesco.
Del momento posterior solo te quedas con las caras de asombro, las risas sin disimulos…y no ves más porque tu barbilla ya toca el pecho mientras te diriges a cualquier lugar sin vida humana.
La sucesión de estos momentos te lleva con asiduidad desmedida hasta el fondo de ti, donde respondes, debates, opinas, con una seguridad de la que careces.

Tuve una amiga, aunque en realidad eran dos, como unas siamesas sin operación. Iban siempre juntas, Alicia venía conmigo y por extensión Ana también, aunque me ignoraba de tal forma que llegué a creer, que el personaje de H.G. Wells se había reencarnado en mi. La mujer invisible que podía llevar ropa.
Alicia hablaba sin parar, me convertí en su cruzada personal para curarme de mi “extraña actitud” como ella lo llamaba. Realmente solo era la oreja que la escuchaba. El arte de la conversación en los adolescentes, adolece del trasfondo en lo que se quiere contar. A veces, si estábamos solas, reunía toda la información que me transmitía sin control, y la aconsejaba con una sabiduría impropia de mi edad. Eso la ataba a mí.

Mi vida no compartida, transcurría entre Alicia, el equipo de balonmano y las clases en el instituto. Tener unos padres poco comunicativos, no ayudaba mucho para poder salir de mi encierro.
Alicia encontró el amor  seis meses después de mi diecisiete cumpleaños. Un enamoramiento primario que cortó el cordón umbilical con las costumbres adquiridas. Yo era una costumbre que hablaba con la cadencia de las gotas de un suero, que no liberaba las endorfinas que trazaban su sonrisa desmedida, ni proporcionaba las caricias escondidas en un baño a la hora de los recreos.
No fue una ruptura radical, fue un encadenamiento de horas no compartidas que culminaron en un adiós no confirmado.
Y me sentí sola, como no lo había estado nunca. Su ausencia en mi día a día se vio aumentada cuando decidió dejar el equipo. No aguanté más de una semana después de su partida. Desde ese momento todo lo que debería haber ocurrido en mi vida real, se mudó hacia mi cabeza.
Si veía una película en casa, en mi Martina paralela lo hacía desde el cine comiendo palomitas. Allí di también el discurso de graduación, y besé apasionadamente a Fran, el chico más increíblemente guapo del instituto Encinar.
Ya no me hacía falta hablar, no me interesaba todo lo externo a mi persona. Mi mundo era mucho mejor, seguro, apacible, fiable y sobre todo inexpugnable.
¿Por qué sufrir sin sentido cuando tenía un lugar donde ser feliz?

El traslado se hizo definitivo un veintiséis de junio, no fue premeditado, solo ocurrió, y en el momento que crucé el umbral de la irrealidad juré no volver.
No he tenido comunicación con el mundo exterior desde entonces, tan solo el rumor insistente de una voz. Es como un canto de sirenas que me distrae, y a veces hace que sus palabras se adentren sin ser invitadas.
No cesa, es implacable y constante, pero aquel día lo fue más. Lo sentí, sentí su piel contra la mía, escuché su desilusión ante la soledad de su casa vacía, me cantó una canción desentonada
“Is this the real life?
Is this just fantasy?.
Caugth in a landside.
No escape from reality.
Open your eyes.”

Y me rendí, por primera vez quise salir, y a punto estaba de hacerlo, cuando le vi entrar.
Su sonrisa iluminaba el laberinto oscuro de la entrada, sus ojos curiosos se bebían sin pudor las imágenes que yo había construido, y despacio, muy despacio, fue llegando a mí.


LA DECISIÓN

Pasar el laberinto no me pareció complicado. A cada paso que daba las paredes se iban derrumbando dejando alternativas abiertas para poder llegar a la salida.
Nunca imaginé un laberinto así, con paredes esculpidas, dibujos de colores vivos que colgaban de sus paredes, de ladrillos que desprendían melodías, y palabras, torrentes de palabras que te atravesaban, algunas aguijoneando, otras acariciando y alguna que otra enfurecida.

Supe que era la salida, porque irónicamente, en la puerta colgaba un cartel que indicaba que era la entrada. Giré el pomo y la encontré, no se si perpleja o asustada, pero esperándome.

Me giré temiendo que todas las puertas que había cruzado se cerraran de golpe, pero todo permanecía igual. Su mano estaba extendida esperando la mía, una invitación  sincera que no pude rechazar. Sentados sobre un banco rojo comenzamos a hablar, escupiendo todo lo que nos atormentaba, vomitando aquello que nos hacía daño, acompañándonos cada uno en nuestros tormentos que a cualquier otro le parecerían banales, y supe que ese no era mi lugar.
 Necesitaba del sol que calienta de verdad, y del frío que helaba mis manos. Necesitaba el caos de la ciudad, los días inoportunos y negros que me traían después alguno que otro disfrazado de optimismo. Quería seguir oyendo el rumor de la gente, las lamentaciones que no servían, las oportunidades que se inventan.
Vivir le llaman, enfrentarse a batallas sin guerras con la cara descubierta.

Argumenté con la vehemencia del que se cree poseedor de la verdad, de las mil y una razones para dejar de esconderse. Le hablé de motivos que desconocía, de manos que estaban dispuestas a tirar de ella, de mi esperándola fuera, de la maestría de luchar, porque es en la lucha donde se manifiestan las virtudes y se acobardan los defectos, porque no hace falta construir irrealidades para conseguir tu porción de felicidad.
Esos ojos oscuros, de los que yo sólo conocía su estatismo, me miraron con el apetito del que quiere creer, y con el cansancio del que supone que lo sabe todo, dudando entre elegir el conformismo de la comodidad, o la aventura de un viaje que se puede convertir en desagradable.

— Ven conmigo—le dije mientras me retiraba hacia la salida, y en ese momento, me desveló su decisión.


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¿POR QUÉ QUEREMOS PRÍNCIPES AZULES Y SIEMPRE BUSCAMOS LOS DE COLOR VERDE?

La autoflagelación amorosa después de una ruptura siempre viene de la mano de latigazos de lástima, rencores hacia quien no se los merece, odios infundados y seguidamente una buena dosis de autocompasión acompañada de cebo extra para nuestros defectos.

Salvo en una ocasión, que puede que algún día os la cuente, siempre he sido yo la que he puesto el punto y el final.
Nunca he odiado a nadie, al menos no el tiempo suficiente para que se pueda considerar rencor, y siempre he acabado echándome la culpa a pesar de ser la que toma la decisión.
Lo confieso, lo he vuelto a hacer, y esta vez estaba enganchada hasta tal punto, que el miedo a sentir hacía que ese espacio racional que tengo en mi cerebro se colapsara temiendo que llegara a estallar. Puedo decir, aunque sea con una voz casi inaudible, que le quería, porque todas las virtudes que tiene no pudieron  con las imperfecciones que yo cree para él. Fallos y taras que se me olvidaban en el momento que me miraba o ponía un dedo sobre mi piel, porque la putada de todo esto es que había química.
Química  de esa que te hace gemir y no cansarte nunca, química de estar húmeda solo al oírle subir las escaleras, química que no nos dejaba hablar hasta que no terminábamos de jadear.

Nunca me prometió nada, no me mintió sobre lo que esperaba de esta “cosa” que teníamos, y en todas las ocasiones yo acepté sumisa sus condiciones, pero creo que no era yo quien afirmaba, porque los reproches comenzaban a salir solos una vez que mi cabeza tomaba el control.
Somos lo que hemos vivido, y aunque nos engañamos diciendo que hemos pasado página, que aquello que de verdad dolió y no inventamos ha desaparecido, que los olvidos son permanentes, nos mentimos en una espiral cual día de la marmota.
Queda ahí, en un espacio pequeño y aparentemente invisible que salta como un resorte mal engrasado cuando menos te lo esperas.

En el fondo uno lo sabe. Sabe con toda certeza que aunque lo desee no va a volver a pasar por esas situaciones que nos minaron e hicieron que agacháramos la cabeza
Entonces, ¿por qué? ¿Por qué elegimos siempre al príncipe de cualquier color y no al azul que deseamos?
Analizándolo fríamente, quizás no sea él quien hizo las cosas mal. Pedimos, pedimos y volvemos a pedir y te niegan todas y cada una de las demandas que haces en un ataque frontal y sincero. ¿Qué razón hay entonces, aún sabiendo que no es lo que quieres, para claudicar y continuar?
Hace tiempo leí un artículo de un psicólogo argentino, que no cito por desconocimiento, en el que nos llamaba “prostitutas emocionales” a las mujeres como yo.
Decía algo así como esto: “JÓDANSE! ¡JÓDANSE EMOCIONALMENTE!
“Lo que vos tuviste no es amor, pero vos hiciste lo mismo que tu pareja, exactamente lo mismo. Pero eso no es amor, eso de darle todo para exigirle no es amor, es un negocio: yo te doy tanto, me tienes que devolver tanto…eso no es amor; eso es una transacción comercial, eso es un toma y daca de precios con sentimientos”

Quiero aferrarme a estas palabras para autoconvencerme que ese mensaje que le escribí era lo correcto. No estoy tan segura ya.
Si acabas algo, como en anteriores ocasiones, y tu vida mejora es lo acertado.
Echas de menos la rutina, instantes puntuales, pero no le echas de menos a él.
¿Qué pasa cuando por primera vez en tu vida lo que echas de menos es a la persona? Trece años de matrimonio no consiguieron que  una vez terminado todo, pensara en volver con él. Trece años de matrimonio consiguieron que yo sola me hiciera daño, por buscar quimeras que no existían, por encontrarme con rencores que se quedan anclados y que ahora veo en todas partes. Consiguieron hacerme prisionera de intolerancias y negativas que vomito sin cesar, incluso antes de que se planteen. Y yo y sólo yo soy la culpable. No cedas, no cedas…es el mantra que se repite sin cesar ayudado por miedos carentes de sentido.

Ayer, hoy y seguramente mañana, le echo de menos a ÉL, así, en mayúsculas.
Ha tenido paciencia, es la segunda vez que le digo que todo se acaba, y tal vez no lo sepa, pero en mi mente retorcida esperaba una respuesta y no el respeto a mis decisiones. Por eso lo hice. Esperaba que se acercara a mi casa y me dijera que estaba en un error, esperaba que al abrir la puerta solo me besara y ya después conversaríamos, esperaba, que aún habiéndole hecho daño ,me enumerara todos y cada uno de los motivos por los  que un príncipe verde supera con creces a un azul desteñido de imaginarlo.

La realidad no lleva un color predeterminado, solo colores con matices que a veces se tornan grises y otras veces de un amarillo resplandeciente.
Solo intentaba en un ataque desesperado, egoísta y cabreado romper el muro de sus decepciones, llamar su atención para decirle que estaba aquí, que yo podría ser la que rompiera sus silencios, que soy la que quiere tener calma para esperarle. Y solo daño para acercarme. Impaciencia de sentimientos descontrolados que no saben de sosiego.

Me gustan los príncipes verdes, los que cambian de color con su humor, los difíciles que hacen que lo sencillo resulte aburrido, los que me desatan la pasión sin dominio.
Los pluscuamperfectos no son buenos en momentos como el mío, pero ojala se hubiera dado cuenta que estoy perdida, que no se hacer las cosas de otra manera porque nunca me dieron la oportunidad de aprender. Ojala venga y me sacuda los miedos, y hable conmigo hasta secar las palabras, y me deje entrar. Yo solo quiero colarme en su espacio, nunca elegí bien la manera de hacerlo. Tan sólo intentarlo. Ojala una llamada, aunque sea para decir que es él que no me soporta. Ojala un mensaje poniendo en evidencia mis faltas. Ojala que rompa el silencio que le rodea y que me impulsa a cometer actos imprudentes y sin sentido para conseguir que me eche de menos.


Ojala….